Caminos

Para Igor

Leo un libro de León Felipe. HaDSC_0232bla del camino, claro. « Yo no sé cómo soy…/y no sé lo que quiero…/y no sé a dónde voy, cambiando, inquieto, siempre de sendero… /algo espero, sí, pero… / ¡No sé tampoco lo que espero! ». Es un libro viejo, se nota leído y caminado. Es ese tipo de libros que me leen ellos a mí más que al revés. Este, además, está subrayado y anotado con decisión y con rotulador. Aún se nota la emoción al ser leído por ese lector que lo abrió por primera vez. Interroga al autor en los márgenes, acepta el talento de esas palabras exactas donde se reconoce y rodea poemas enteros con nervio. Hay caminos marcados con dos rayas horizontales de colores que te indican hacia dónde ir en medio del bosque. Lo que veo me emociona pero existen esas marcas para que no pierda el sentido del sendero. Así es este libro.

Yo decido cuándo compro los libros y ellos deciden cuándo los leo. Compré este menudo ejemplar de « Versos y oraciones del caminante » de 1983 en Madrid, en una librería de segunda mano cerca de mi casa de Prosperidad. Me lo llevé para lavar una culpa . Continue reading

Refugios

Nunca había usado demasiado las bibliotecas. Tampoco para estudiar. Siempre he preferido preparar los exámenes en mi cuarto buscando la concentración siguiendo las musarañas escondidas en la cortina. El silencio tan denso me provocaba el efecto contrario. No conseguía concentrarme. Y sobre los libros, hasta ahora siempre he hecho el esfuerzo de comprar aquellos que me interesaban realmente o compartir con amigos y compañeros aquellos que no podía o no quería comprar. Supongo que era una costumbre adquirida en mi familia. Mi madre fue socia del círculo de lectores durante muchos años y entraban libros cada semana. No sentí esa necesidad de ir a buscar los libros a otra parte.

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Cuando entré a las bibliotecas no fue buscando libros sino refugio. Es cierto que las librerías también han cumplido parte de ese cometido pero la biblioteca tiene ese carácter reparador más marcado. Buscas refugio cuando te sientes desamparado, desubicado o, simplemente, vulnerable. Y muchos de esos sentimientos, sino todos, los experimentas cuando viajas a un sitio que no conoces. Te expones de tal manera que necesitas un lugar que no haga preguntas, donde conoces las reglas y, además, hay wifi gratis.

Cuando llegué a Montreal el primer carné que me saqué fue el del metro y el segundo, el de la biblioteca. La primera que pisé fue una pequeña que me servía en mis días de estudio del francés. Un precioso edificio que estaba conectado con un invernadero. Luego descubrí la gran biblioteca de la ciudad. Un espacio enorme y céntrico, lleno de luz y de libros. Un punto de conexión con la ciudad, con una cultura nueva y con actividades que servían de enganche con una sociedad desconocida. De repente, te ves buscando y compartiendo libros cuando en realidad lo que compartes es tu ritmo de vida. Es entonces cuando te das cuenta de que ya formas parte de la ciudad.

Aunque no pasa siempre con todas las bibliotecas. El espacio reparador sí que está pero no siempre se encuentra ese enganche, esa conexión directa con la sociedad que nos acoge. Y no pasa porque una biblioteca es un ser vivo. Tiene ritmo interno propio, una respiración concreta. Al llegar a Madrid, con tiempo y poca idea de la ciudad, nos hicimos socios de la biblioteca, Marieta y yo, y nos divirtió la idea de buscar libros interesantes e ir a por ellos a cualquier biblioteca donde se encontraran. Fue un ejercicio curioso y muy rico porque fue en ese momento cuando me di cuenta de que no todas las bibliotecas son iguales.

Uno de los primeros síntomas es el fondo con el que cuentan estos centros porque no es siempre el mismo y son personas quienes confeccionan el catálogos de libros que ofrecen a sus socios. Sin entrar a valorar todos y cada uno de los lomos, entornando un poco los ojos puedes percibir qué tipo de biblioteca es, si hay un interés por los libros o no, si hay un esfuerzo administrativo por ofrecer un catálogo vivo y atractivo. Esa información conforma un primer mapa de cada biblioteca. Y luego está el elemento humano como tal. Enseguida sabes si detrás de la ventanilla hay personas que creen en el poder del acto social de compartir libros entre nosotros o simplemente se limitan al acto administrativo de registrar el código de barras en el sistema. Para mí esa diferencia es fundamental. Es imprescindible que haya alguien al otro lado. De nada sirve un edificio hermoso si no hay nadie en él agitando las hojas de los libros que descansan en las estanterías.

Para mí es tan importante en este momento de mi vida que mi biblioteca de cabecera en este nuevo periplo riojano no es la de la ciudad donde vivo sino que está a veinte kilómetros de distancia de mi casa. Allí, en Santo Domingo de la Calzada, he encontrado un nuevo refugio de libros y vida para un peregrino que sigue buscando su camino.

La maleta de Casanova

casanovaLa editorial Demipage ha editado un baúl. Un cofre lleno de emoción, de palabras precisas y de poesía sin medida. Las obras completas de Félix Francisco Casanova muestran al joven poeta canario de cuerpo entero. El trabajo, dirigido por Javier Irazoki y prologado por Fernando Aramburu, primeros escritores en darse cuenta de la apabullante fuerza de una voz que se calló de manera prematura, recoge un diario, una novela, seis poemarios, un diario y varios cuentos. Murió con 19 años.

Entre su escritura se desliza, además, la relación del joven poeta que quiere ser músico con su padre, un escritor notable que escucha la voz de su hijo. Lo hace con atención, ayudándole, dejándole crecer, sin presión, sorpendido pero agradecido. Fotos, páginas manuscritas y manifiestos completan una imprescindible « maleta llena de hojas ».

Reseña publicada en el periódico Bilbao en su edición de julio.

Crear

Es cierto que nada es genuino. Toda creación surge de algo previo. Más o menos evidente, una novedad se confecciona a partir de un hilo del que el creador ha tirado para alcanzar un nuevo efecto, un nuevo enfoque o simplemente una nueva pregunta sobre la que seguir caminando. Tomar imágenes, fragmentos de novelas o extractos de canciones para añadir, cambiar o tergiversar el sentido inicial de la obra original es una forma evidente de partir de referencias hasta llegar a otra cosa. También es cierto que esa manera de tirar del hilo que es el reciclaje cultural no es nueva, ni mucho menos. Lo que ahora son memes, gifs o mashups, antes lo fueron, por ejemplo, los remix musicales. Pero con una diferencia : esta manera de generar contenido nuevo se ha banalizado y masificado. No hace falta especialización, formación o habilidad previa. Cualquiera con acceso a internet y sentido del humor puede convertirse en creador a partir de este reciclaje cultural. De hecho, todos lo hacemos.

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Lo hemos asumido como algo normal, como un comportamiento natural del consumidor actual. El caso es que hemos dejado de ser consumidores. Aparece, entonces, la figura del prosumidor. Aquel consumidor que da un paso más y produce contenido. No se limita a consumir vídeos, noticias, fotos o comentarios ingeniosos sino que comparte, opina y selecciona esos u otros vídeos, noticias, fotos y crea sus propios comentarios ingeniosos. Nuestro muro o perfil es un guión personalizado de nuestro programa favorito que es nuestra vida virtual del que nuestra vida real no es sino otro contenido más a producir y seleccionar. Consumimos y producimos masivamente pero, ¿cuándo creamos?

Esa generalización del reciclaje y su uso exclusivamente lúdico, ha convertido a la creación, entendida como ese proceso de viaje y reflexión artística, en algo marginal y lento que no da unos resultados inmediatos. El profesor Antonio Domínguez Leiva habla de la viralidad como legitimidad. Un concepto interesante que me sirve para entender, en parte, la causa de la mala reputación de la creación. El caso es que ya no manda la calidad, ya no existe una élite que dirija los gustos o establezca los cánones. Ahora, para que lo creado sea tomado como valioso tiene que ser viral. Poco importa la reflexión, el proceso o el viaje invertido. Si se viraliza es válido. Si no se propaga, la indiferencia es el destino.

La creación no ha acabado, claro. La cultura se sigue nutriendo de artistas que no sucumben a la velocidad del halago masivo pero ya no es su alimento principal. Es muy difícil no participar de esa fábrica de comida rápida y eso es lo que me preocupa. Estamos invirtiendo tiempo y esfuerzo en esa maquinaria de lo futil y cuando queremos afrontar alguna empresa más profunda, más larga en recorrido y contenido, nos parece inabarcable, inútil y la cabeza nos duele a punto de estallar como una palomita.

No soy trágico. Existe talento; manos que quieren cambiar el mundo; pies que bailan ligeros sobre una tierra pesada; pupilas sobre las que la luz incide de manera diferente. Pero puede que no sea suficiente; puede que la gente esté mirando hacia otro lado; puede que, aburridas, esas manos solo usen los pulgares y los pies tengan sus tobillos débiles; puede que esas pupilas, un día, dejen de ver bien de lejos.

Y no es elitismo lo que propongo. Nos dicen que la cultura popular debe ser únicamente lúdica, entendido esto como evasión y no como punto de vista de la realidad, efímera, viral y que permita navegar por otros temas al mismo tiempo. Pero podemos hacer que esto no sea el único camino.

Hay que invertir en el proceso, en el camino, en la vida; invertir la inercia de una vida inmediata con el poder de la creación, de la búsqueda, de la poesía. Lo virtual es útil, hasta puede ser bello, pero no puede ser lo único; no puede ser el único idioma para comunicarnos; no puede dejar de ser una herramienta porque entonces las herramientas seremos nosotros.

Este artículo se ha publicado originalmente en la edición de abril del periódico Bilbao.

Funambulistas

Hacer arte es un ejercicio complejo. Más allá de la incomprensión actual hacia aquellos que se empeñan en elegir el camino creativo para vivir, crear historias, personajes, imágenes, frases o versos no es sencillo. Lo íntimo y lo público son dos planos que se cortan formando una fina línea sobre la que el creador camina. Mientras el cuerpo se convierte en la caja de herramientas donde el artista busca y rebusca, entre sentimientos, recuerdos e ideas, algo original y honesto que contar, alrededor de ese cajón de sastre está lo demás : los ojos que miran, los que analizan, los que, multiplicados, forman una sociedad donde, como decía Torrente Ballester, « el talento es una incorrección imperdonable ». Así, el artista se convierte en un funambulista que se desliza sobre un cable resbaladizo.

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Cuenta el formidable actor Javier Cámara en una entrevista que siempre tiene la sensación de ser un impostor. De no merecer estar donde está. Aunque, según él, ese sentimiento va disminuyendo con los años, relata que cuando está en un rodaje, por ejemplo, cree que alguien le va a tocar en el hombro por detrás y le va a decir : « Ya es suficiente, tu tiempo de hacer lo que quieres ya se ha acabado ». La confianza es como esa barra que los funambulistas usan para manener el equilibrio y los actores son los artistas más transparentes sobre lo inestable de ese material. En cada proyecto empiezan de nuevo. Decía Billy Wilder que uno vale lo que su mejor obra pero no parece que los directores de casting sean de la misma opinión. Esa exposición constante al juicio, a la valoración permanente por cualquiera no es nueva pero les hace tambalearse. Continue reading

Mirar

Tarde o temprano tenía que llegar. Escribir una columna de opinión en un periódico y dedicar una de ellas a Julio Camba es cuestión de tiempo. He tardado casi seis años. Algunos pensarán que llego tarde; otros que demasiado pronto. Supongo que en un momento dado uno tiene la necesidad de reconocer a quien dio forma a este género periodístico. Ese instante viene cuando se da la mezcla entre la dificultad que tiene escribir y estructurar ideas de manera concreta, con la lectura o relectura de los artículos del periodista gallego.

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Acabo de regresar a Camba gracias a una recopilación de los textos que escribió durante el año en el que el diario ABC le envió como corresponsal a Nueva York. Era 1916. Una serie de piezas que van desde las notas de color de una ciudad que ya crepitaba hasta la reflexión política en un momento en el que Estados Unidos decidía entrar en la Primera Guerra Mundial. Un espacio corto en el que Camba da, sin embargo, la medida de lo que puede ofrecer su estilo. Cien años después de su publicación y con el contexto social y político totalmente transformado, los artículos respiran con fluidez, como si hubieran sido escritos ayer mismo. Continue reading

El proceso

Para Asier

Un director de cine me decía no hace mucho tiempo que todo el esfuerzo que emplea en levantar un proyecto cinematográfico se ve recompesado con la experiencia del rodaje. Me contaba que era una especie de adicción. La idea de convertir en realidad unas líneas escritas en un guión y darlas vida es algo tan intenso y gratificante que merece la pena cualquier esfuerzo que se haga.

Ese proceso de transformación, de trabajo de orfebrería en el que miles de piezas tienen que encajar para que una historia funcione es tan complejo y, en el caso del cine, necesita de tanta gente que se vuelve apasionante tanto por el vértigo que produce como por el reto que supone afrontar su realización. Al final del mismo, no solo se ha transformado la creación en sí misma sino que el creador, el cineasta en este caso, también es diferente.

Miles de líneas se han escrito ya sobre el proceso creativo pero llega a este espacio porque le he intentado buscar las cosquillas durante estos días. Varios relatos y artículos me han rondado la cabeza durante este mes y me han exigido dar lo mejor de mi yo creativo. Ya descansado, echo la vista atrás y me doy cuenta de que, pese agotador y frustrante a veces, el proceso creativo es, como decía mi amigo cineasta, adictivo. Continue reading

Hilos

Recuerdo perfectamente cuándo escuché a Georges Brassens, Loquillo o Silvio Rodríguez por primera vez. Escenas que podría reescribir sin cambiar una coma. No me pasa lo mismo con Leonard Cohen. No tengo ni idea cuándo empezó a sonar en mi vida. Soy incapaz de descifrar la casilla de salida, esa primera cita con Leonard. Su disco de grandes éxitos siempre ha estado cerca.

hilos

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