Lisboa

Casi nada está a salvo de los turistas. Somos una ola que golpea constante sobre la costa desgastándola poco a poco. A veces, las olas se convierten en un tsunami y en poco tiempo arrasan esa costa y la transforman completamente. Cuando viajo intento convencerme de que no, de que yo no soy un turista como los demás, que yo soy un viajero de los buenos, de los que se mezclan e interactúan con el lugareño. Es mentira, claro.

Escribe Paul Bowles en ‘El cielo protector’: “Entre el turista y el viajero la primera diferencia reside, en parte, en el tiempo. Mientras el turista, por lo general, regresa a casa al cabo de algunos meses o semanas, el viajero, que no pertenece más a un lugar que al siguiente, se desplaza con lentitud durante años de un punto a otro de la tierra”.

Aunque la vida puede cambiar en un minuto y la visita a un determinado espacio puede ser determinante, lo normal es lo que escribe Bowles. El turista sabe que en unos días va a regresar a una vida concreta que ha dejado, de alguna manera, suspendida hasta su regreso. Y eso condiciona su viaje, su mirada, su estancia en cualquier sitio al que vaya. Y condiciona, también, el propio sitio que visita. Esa es la ola que desgasta.

Hace unas semanas estuve cinco días en Lisboa. No había estado nunca. Fui solo. Aunque días antes del viaje, de casi todos los viajes, me puede cierta ansiedad por ver todo aquello que “debo” ver, se me suele pasar gracias a pensar que lo mejor es dejarse llevar, que sea la ciudad la que te vaya llevando por las calles que ella quiera.

Lisboa merece la pena. Merece la pena de no dedicarle meses o años, como escribe Bowles, y en pocos días descubres, aunque sea un poco, su carácter a pesar de los turistas. Porque somos muchos. Cada vez más. Lisboa está de moda, dicen. Esta frase suena a algo así como “¡Al abordaje!” para turistas, agencias de viajes e incluso promotores y constructores. De hecho, Lisboa se ha llenado de turistas deambulantes como hormigas con gorra y grúas enormes como nuevas torres de Belem.

Mi impresión es que Lisboa, de momento, aguanta el embate de este fuerte oleaje. Días antes de mi llegada, un amigo me dijo que a él le había llamado la atención ese “carácter poético” que tiene el portugués para afrontar la vida. Puede que ese espíritu también les ayude a afrontar el turismo y el desarrollo de una ciudad de moda. Quizás les ayude también esa orografía de calles en cuesta y su eterna mirada al mar. Porque aún huele a salitre en las calles de Alfama. Esa puede ser otra prueba. Cuando viajo, como viajero o como turista, y visito alguna iglesia, mi prueba del nueve es comprobar si aún huele a incienso, a cera y a madera. Si aún huele a iglesia. Lisboa aún tiene ese olor genuino. No soy capaz de discernir si es una victoria de Lisboa contra las olas o que aún no ha pasado demasiado tiempo.

Y remata Bowles: “El turista acepta su propia civilización sin cuestionarla y el viajero la compara con las otras y rechaza los aspectos que no le gustan”. Como digo, soy turista y no puedo evitarlo pero al hilo de Bowles yo intento, al hacer turismo en un sitio, no imponer mi mirada sobre ese sitio. Intento no juzgar, no presumir, no comparar. Viajo y espero. Camino y observo. Me paro y escucho. Aprendo y no enseño. De alguna manera, el turista da lecciones a cada paso que da en el lugar que visita. Ese es el golpe de ola que va transformando los lugares visitados masivamente. Cada lección ofrecida sin permiso va cambiando los lugares que visitamos. Entonces, llega un momento en el que las calles no son las mismas calles, las iglesias no huelen a iglesias y Alfama no huele a salitre.

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