Irazoki, jardinero de milagros

zokiborrador

¿Sigue creyendo que para ser bueno hay que ser muy inteligente?

Opino que la bondad es una conquista intelectual. Las mejores personas que he conocido decidieron a solas, sin recompensas sociales, su rectitud ética. A cambio de su comportamiento, no piden dejar de ser efímeras. Coinciden en un homenaje a la existencia que las consume. Intuyo que a veces confundimos la bondad con una mansedumbre natural.

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Madrid congelado

La lluvia no tiene buena prensa. Ni siquiera en Euskadi. Incomoda, entorpece, molesta pero no impide, y eso es lo peor. No es tan mala como para detener tus pasos pero sí lo convierte todo en una tarea más difícil. Aun así, puedes seguir haciendo tu vida. Digamos que todo esto pasa con esa lluvia diaria, a granel, que nos encontramos en esos miércoles que, justo cuando sales de trabajar, te dan una puñalada trapera y se convierten en verdaderos lunes de manual. La tormenta de verano es otra cosa. Sigue sin ser maravillosa pero ese algo torrencial que tiene la lluvia estival lo cambia todo.

Madrid_Congelado

Mi primer verano en Madrid está dando todo lo que lleva dentro. Calor y bochorno. Sin tregua. Calor en cada esquina, en cada pliegue de la cama. Calor constante, perseverante, infinito. Tan pegajoso que consigue congelar la vida de la ciudad. Suena a paradoja pero es cierto. Como cuando un gramófono se va quedando sin cuerda, y la música se va deteniendo poco a poco, reproduciendo sonidos grotescos hasta que finalmente se para. No puede seguir. Se congela. Así es el calor de Madrid. Lo bueno o malo de todo esto es que llega un momento en que lo asumes y te dejas congelar por el calor asfixiante de Madrid. Continue reading

La poesía del pornógrafo

Con bigote, pipa y una guitarra, Georges Brassens revolucionó la música francesa cantando a la gente a los ojos. Un humanista libertario y burlón que hace 35 años murió mirando al mar.

Brassens_pag1Bilbao. Una escuela de cine trabaja en el guión de un documental. Los actores elegidos, todos jóvenes promesas del centro, comienzan a leer sus textos en una sesión conjunta. Leen en voz alta, como en un diálogo improvisado : «Cuando se trata de apalear a la pasma/ todo el mundo se reconcilia »,« El tiempo no tiene nada que ver/ cuando uno es imbécil, es imbécil », « Pues sí, soy cornudo tengo astas en la cabeza », «  Entonces, conmovido, la senté sobre mis rodillas/ para contarle las costillas ». Se miran los unos a los otros sorprendidos, con sonrisas socarronas, hasta que uno pregunta : « ¿Pero quién ha escrito esto? ». Georges Brassens. Sus canciones nos llevan, incluso 35 años después de su muerte, por el camino desenfadado y comprometido de la libertad.

«Todo el mundo me señala con el dedo/ salvo los mancos, quiero y no puedo». En uno de sus pequeños cuadernos en el que escribía ideas y citas, Georges Brassens apuntó una fecha : 24 de enero de 1952. Una simple línea que cambiaría su vida para siempre. Brassens había decidido dedicarse a la canción pero estaba desesperado. Hasta el punto de querer tirar la toalla. Después de varios años recluido escribiendo y componiendo, consiguió tocar en algunos tugurios parisinos pero el público no era el más receptivo. Ese día, un amigo le consiguió una cita con Patachou, una artista de cabaret muy conocida que tenía su propio local en Montmartre. Y allí, con el club lleno, apareció Brassens con su guitarra, la pipa, el bigote y una timidez impropia de un hombre decidido a ser artista con los treinta a punto de caer sobre sus espaldas.

Al final de la noche, Patachou le ofreció el escenario. Georges subió, apoyó el pie en una silla y lanzó La mala reputación. Tras una carcajada la cantante dijo : «Este tío es extraordinario ». Volvió varios días más, Patachou cantó algunas letras de Georges y menos de un mes después, estaban de gira por Bélgica con Brassens como telonero. Le cuidó, le protegió y le dio en el escenario la confianza que ya mostraban sus letras. Cuentan que durante esa primera gira, antes de llegar a París y triunfar, Patachou se sentaba en primera fila todos las noches para tranquilizar a su pupilo y desde entonces, amigo. Al final de su carrera, Brassens dijo de ella : «Se lo debo todo. Desde que debuté con ella todo ha ido bien. Nada se ha parado ». Décadas después, Patachou diría de él que « era completamente imprevisible, pasaba de todo y, sobre todo, de lo que pensara la gente ».

« Un rinconcito de paraguas/ a cambio un trozo de paraíso/ tenía algo de ángel/ un rinconcito de paraíso/ a cambio un trozo de paraguas ». Putas, cornudos, borrachos, polis, jóvenes, viejos, curas, ingenuos, resabidos, doloridos, campesinos, emigrantes, tenderas voluptuosas, ladrones enamoradizos, gorilas cachondos o gatos caprichosos. « Todo el mundo es capaz de encontrar a su Brassens porque le canta a todo y para todos.», asegura Joaquín Carbonell. El cantautor y escritor aragonés ha interpretado, en dos discos, las canciones en español de un autor que admira.

El universo de Georges está lleno de gente, está lleno de bares, de bancos, de calles, de mercados y de plazas. El caso es que el universo de Georges se parece mucho a la vida. Y como tal, es capaz de cantar al primer amor como « el último regalo de Papá Noel » o si canta «cuando pienso en Fernanda, me empalmo, me empalmo » mantiene viva la calenturienta imaginación de un hombre mayor. Brassens decía que « una canción es como una especie de carta, un pequeño grito que doy. Es una carta a un amigo, a los amigos ». Una vez, un colectivo de prostitutas de París le respondió con una carta manuscrita agradeciéndole la dignidad con que les trataba en una canción. La directora del Espacio Georges Brassens, donde se puede ver y leer esta misiva, asegura que « con sus canciones, contribuyó a hacer evolucionar la canción, un arte popular, en arte mayor ». Nicole Cassagne cree que el museo « ayuda a perdurar una obra cuyos temas, como el amor, la amistad, el altruismo, el inconformismo o la muerte, son intemporales y resuenan en nuestras vidas ».

Los amigos, primero

« Ante el menor golpe duro/ la amistad les tomaba la delantera/ ella les mostraba el Norte/ les mostraba el Norte/ y cuando estaban en peligro,/ cuando sus brazos enviaban SOS/ parecían semáforos/ los amigos primero». Como aquel verso de Gil de Biedma, Brassens se dejaba ser en amistad. Su vida es incomprensible sin amigos. A lo largo de su camino va encontrando gente valiosa que cuida y nunca abandona. Aunque según él, en el colegio era « un alumno invisible » ya formó una sólida cuadrilla de amigos que, lejos de olvidar, protagonizarán el resto del camino.

Durante la segunda guerra mundial le destinaron a un campo de trabajo obligatorio. Allí encontró a nuevos miembros de su escuadrón de amigos. Entre ellos, el primer cantante de sus letras, su biógrafo y su fiel secretario, Pierre Onteniente. Y además, apareció ella, Joha Heinman, la mujer con la que compartiría sus canciones, su vida. Todo menos el mismo techo.

Volvió a París con un permiso de trece días que él convirtió en indefinido y se refugió en una casa al final de un callejón. Jeanne y su marido le acogieron como a un hijo y fueron su primer público. Su pérdida no fue fácil para Brassens : « Cada vez que pierdo a un amigo, muero ».

En las tablas del club de Patachou encontró a Pierre Nicolas, un contrabajista de orquesta que en el debut de Brassens decidió ayudarle e improvisó una línea de bajos sobre la guitarra del nervioso aspirante. Nunca más se separaron.

A pesar de la fortaleza de sus amistades y la popularidad de la que gozó, no era amigo de cualquiera : « Si quieres estar abierto a todas las amistades posibles, no serás amigo de nadie ».

El cancionero de Brassens funciona a modo de album familiar de fotos. Todas aquellas personas importantes en su vida aparecen, de una u otra manera escondidos en sus versos. Escuchar sus canciones es compartir su amistad como se comparte una sobremesa.

«Ya que hoy me gano el pan/ contando chabacanerías/ ya no pienso ‘mierda’ más/ sino que lo digo/ Soy el pornógrafo del fonógrafo». Gracias a un profesor de literatura de la escuela, descubrió una de sus principales vocaciones. Brassens fue un gran lector durante toda su vida. Ese maestro le descubrió, cómo no, al otro hijo insigne de su pueblo, Paul Valéry y a partir de ahí, llegaron François Villon, Paul Fort o Mallarmé, una auténtica revelación para él. Y tan pronto como el joven Brassens se sumergía en la lectura también lo hacía en la escritura. En los años cuarenta publicaría su primer libro de poemas pero pronto empezó a escribir canciones para sus amigos. Joaquín Carbonell asegura que « aunque puede parecer lo contrario, Brassens trabajaba muchísimo las letras, las pulía mucho antes de darlas por terminadas ».

Georges se ríe constantemente de sí mismo y de ciertas críticas recibidas por usar insultos y expresiones procaces en sus canciones pero lo cierto es que, además, usa palabras y expresiones sacadas de un francés antiguo en las que apoya ese deseo de hacer canciones cantables, compartidas. « Soy puñeteramente medieval », diría en un momento dado. Gracias a eso y al apoyo de artistas como René Clair y Marcel Pagnol, Brassens recibió el premio nacional de Poesía en 1967.

brassens_pag2Brassens convive con gigantes del pop como Brel, Gréco, Aznavour, Ferré, Bécaud y algunos críticos le achacaban una pobreza musical en sus canciones. En su única visita a Québec, en 1961, él lo explica en una entrevista : «  Cuando yo canto ante el gran público es como si cantara en la cocina de Jeanne, con el pie en un peldaño, enseñándole mis nuevas canciones. Ese es mi credo. Por eso no hay ningún artificio en escena. Un poco como la madre que canta a sus hijos ». Carbonell añade que « Brassens es tan bueno como los Beatles componiendo melodías ». E insiste : « Lo bueno de sus canciones, lo cual es uno de los factores por los que aún perduran, es que no están cerradas, cualquier artista entra y encuentra matices y melodías diferentes, cosa que no pasa con otros artistas de su época ».

La respuesta individual

« Morir por las ideas, la idea es excelente./ Yo casi muero por no haberla tenido/ ya que todos los que la tenían, multitud abrumadora,/ gritando hasta la muerte me cayeron encima». Brassens era libre e iba por libre. Su rechazo a la autoridad, a evitar el camino marcado que sigue el rebaño o sentir admiración por los desobedientes y los marginados hizo que su figura apareciera como un ejemplo cercano para una sociedad que necesitaba nuevos ejemplos. Pero él evitó coger cualquier estandarte. « No tengo una respuesta colectiva », escribió en uno de sus diarios. Durante mayo del 68, Brassens fue criticado por no apoyar ni participar publicamente en la revuelta estudiantil. En ese mismo diario, aclara : « Los estudiantes y los obreros no me necesitan, se defienden solos; creo que su lucha es legítima pero no necesitan la violencia; ¿Qué les habría dicho? Yo en las barricadas : con mis dos riñones destrozados, ¡ni en sueños! ». Brassens tenía 48 años y sufría de cólicos crónicos.

Su receta de libertad era individual : « La única revolución posible es mejorar uno mismo esperando que los demás hagan lo mismo. Créeme que es el único camino ». Pierre Schuller, un experto en la figura de Brassens, preside la asociación Auprès de son arbre consagrada a su vida, obra e influencia y está convencido de que ese mensaje de máxima libertad individual y respeto colectivo le hace estar vigente e incluso ser necesario en la actualidad. Asegura Schuller, incluso, que « Francia ha perdido la mirada humanista de Brassens ».

« ¿Tengo, para ser la comidilla escandalosa/ que batir el tambor con mis genitales?». En 1969, Brassens llenó, durante tres meses, la famosa sala Bobino de París. Una consagración definitiva a su carrera. En uno de esos conciertos, grabado para televisión, se dispone a cantar Los amigos, primero con la única ayuda de su guitarra y de su inseparable Pierre Nicolas. Como siempre. Pero poco a poco, y sin él saberlo, por detrás se van añadiendo instrumentos hasta acabar con el acompañamiento de una gran orquesta. El cantante nota algo raro y entonces el publico, cómplice, se pone en pie y comienza a aplaudir. Brassens no sabe qué hacer ni dónde meterse. Acepta la ovación como aquel tipo nervioso que se presentó en el club de Patachou tiempo atrás.

El poeta Francisco Javier Irazoki, vecino de París más de veinte años, siempre cuenta que « en Francia hay pocas cosas que generan unanimidad, y Brassens es una de ellas ». Este señor con pipa vendía miles de copias, participaba en programas y películas y fue retratado por Doisneau. Todos querían estar cerca de él. Una popularidad natural que no quiso ensanchar ni forzar y que se mezclaba con el respeto de sus colegas. En el mismo año del concierto, por ejemplo, una emisora de radio juntó en una conversación única a Leo Ferré, Jacques Brel y Georges Brassens. Nicole Cassagne tiene claro de dónde viente tanta pupularidad y respeto : « El personaje y su obra es una misma cosa. A pesar de ser muy célebre, Brassens supo seguir siendo él mismo ».

« Justo al lado del mar a dos pasos de los oleajes azules/ cavad si es posible un agujerito mullido/ un buen nicho acogedor/(…)/ en esta orilla donde la arena es tan fina. » Georges nunca perdió el norte, que en su caso era el sur. Era Sête. Era el mar. Un horizonte que le vio nacer y que le vio morir. Una vez dijo que « lo ideal sería no nacer en ningún sitio » pero Sête era su sitio porque « allí pasé mi infancia y fue donde me enamoré por primera vez ».

Cuando su cuerpo le pidió parar, volvió a su playa. Murió, a los 60 años, en casa de un amigo, cómo no. Y fue enterrado al atardecer, al terminar el día, como si nada hubiera pasado, mirando al mar.

De alguna manera consiguió mantener la mirada puesta en esa línea que le dibujó incluso cuando estuvo lejos de ella. De hecho, Brassens hizo, con su carácter y su forma de vida, que París tuviera vistas al mar.

Las mil lenguas de Georges

A Georges Brassens nunca le gustó mucho viajar. Decía que no quería distraerse y perder el control de una carrera muy popular pero no masiva. A lo largo de su vida artística apenas pasó por Bélgica, Italia, Quebec y Reino Unido. A pesar de la cercanía, por ejemplo, jamás cruzó los Pirineos. Y aunque llegó a grabar un puñado de canciones en español, le sonó tan mal su voz que decidió no grabarlas. Ni siquiera en una época en la que estaba de moda cantar en otros idiomas para abrir otros mercados.

Joaquín Carbonell cuenta que él descubrió a Brassens en su pueblo de Teruel cuando José Sanchís Sinisterra llevó unos discos : « Me quedé impresionado y empezamos a traducir las letras ». Ese sentimiento intuitivo y urgente, esa necesidad de captar el espíritu de Brassens en el idioma natal se ha propagado por todo el mundo y a lo largo de todos estos años. Así, sus canciones han viajado mucho más que su autor.

El primero en descifrar las letras fue Josep María Espinás. El escritor y cantautor hizo varias versiones al catalán. En Euskera, más tarde, Anje Duhalde le dedicó un disco y Xabier Lete tradujo varias de sus canciones. Tras una visita al propio Brassens, Paco Ibañez realiza un disco en español con las adaptaciones de Pierre Pascal. Javier Krahe o Agustín García Calvo traducen otro puñado canciones y el propio Carbonell con la ayuda de José Ramón Catalán, publica dos discos, en 1996 y 2000, lo que supone el proyecto más importante de Brassens en español. Asegura el aragonés que « es muy difícil adaptar a Brassens porque hacerlo a partir de las letras es prácticamente imposible; hay que captar el sentido, la idea, el tono ».

Pierre Schuller asegura que « cada semana hay noticias de nuevas adaptaciones en los idiomas más exóticos que puedas imaginar o libros dedicados a sus letras, su figura o su influencia ». No tiene dudas de que Georges Brassens es un artista universal y actual.

Jöel López Astorkiza

NOTA1: Este reportaje se ha publicado en la edición de agosto del periódico Bilbao. Gracias a los protagonistas del mismo por ayudarme a glosar la figura de Brassens y a los editores del periódico por confiar en mí y en el bueno de Georges.

NOTA2: Los vídeos que jalonan el texto corresponden a los versos que inauguran los diferentes párrafos y temas. 

Crea tu propio relato

Caixaforum acoge la exposición ‘El peso de un gesto. La mirada de Juliâo Sarmento a las colecciones Gulbekian, MACBA y La Caixa’. El artista portugués ha escogido un serie de obras (cuadros, esculturas, intalaciones, vídeos, fotografías, etc…) de las tres colecciones mencionadas crando un nuevo corpus expositivo tan interesante como irregular. 

Después de experimentar tantos estímulos y tan diferentes, tanto en fondo como en forma, el espacio participativo de la muestra es algo complementario a las obras porque convierte al espectador en artista usando los elementos expuestos y divertido e intenso porque propone la construcción de un relato breve. 

El sistema pone el punto de partida y tres elementos existentes en la exposición (uno aleatorio y los otros dos escogidos por el espectador) con los que crear una minipieza literaria que es expuesta en los monitores de la sala casi de manera instantánea.

En esta galería presento el relato que he creado justo en ese momento, en ese lugar y con esas imágenes dadas y escogidas.

Diferencia de edad

Tengo 33 años pero soy mayor que yo. Me llevo varios años de diferencia. No siempre los mismos pero nunca tengo la misma edad. Siempre más.

En una ocasión, cuando era niño, me saqué casi veinte años. Mi madre dice que tenía doce pero se equivoca. La primera vez que fui al teatro. Fue increíble. Todo encajaba. Recuerdo que me sentía cómodo. Entendía las reglas y me creía todo lo que pasaba en el escenario aun sabiendo que todo era mentira. Una mentira que me dejó fascinado para siempre.

relojes-de-arena-3O como la primera vez que vi París. Según el carné de identidad tenía 17 años. Recuerdo que una compañera del viaje de estudios me dijo: “¿Tú ya has estado aquí más veces, verdad?”. Yo le diie que no, claro. Ahora lo pienso y puede que en ese momento me sacara unos años de diferencia y ya me había dado tiempo a visitar París varias veces y sentir, a mis oficiales 17 años, que aquella ciudad no era nueva para mí. Continue reading

Por otra cabeza

Me gusta ese bar. Es un bar de pueblo. De esos multiusos. A la mañana cafetería para los madrugadores, a mediodía taberna para la ronda de vinos de los parroquianos, a la tarde agradable pub y a la noche, a veces, discoteca para los jóvenes rezagados que se iban a quedar en casa sin salir.

Esa tarde, desde mi mesa-escritorio del fondo, el bar rumoreaba con voz de niño y de jugador airado de cartas. La música llenaba huecos sin brillantez pero con oficio y la camarera con la sonrisa más bonita que he visto a ese lado de la barra me ponía otro café.

orijinalsidi.tumblr.com

Yo seguía sumergido en mis papeles, en mis notas confusas mientras el bar bullía con más o menos volumen. No siempre me pasa pero de vez en cuando necesito salir del vacío de mi cuarto, de mi ordenador y su silencio para notar que fuera de esa tranquilidad hay gente que vive y hace ruido. Quizás sea por contraste pero la concentración llega a mis oídos con más rapidez y profundidad. Y cuando quiero despertar de esa burbuja no tengo más que levantar la mirada y observar ese universo de relaciones y gestos. Continue reading

El batallón de Georges

Pierre Pascal ha muerto. Amigo de Georges Brassens, fiel componente de ese batallón incondicional del cantante de Sète, Pascal fue uno de los primeros en traducir al español las canciones de Brassens. En realidad, Pascal lo hizo con la idea de que Brassens grabara un disco en español, algo muy en boga en la época para abrir mercados. Brassens desechó la idea porque no le gustaba su voz en español y, además, no se sentía muy cómodo en la España de Franco (y viceversa). Finalmente, con esas adaptaciones, Paco Ibañez grabó un disco fundamental para dar a conocer la obra del francés más allá de los Pirineos. 

El 12 de junio de 1957, en el programa de Henri Spade  Au coin du feu avec Georges Brassens, Pierre Pascal canta La mala reputación acompañado del propio Brassens y rodeado, cómo no, de buenos amigos y buen vino.

Gracias a Pierre Schuller por la información.

Pepitas de oro

Dejé Montreal pensando que no iba a hacer muchas más cosas por primera vez pero me equivoqué, claro. Este mes pasado fui por primera vez a la feria del libro de Madrid. La verdad es que siempre lo había idealizado un poco. Supongo que la culpa la tiene Madrid. Quiero decir que para un tipo de provincias como yo, por mucho de Bilbao que uno sea, todo lo que ocurre en la gran ciudad adquiere una mayor trascendencia. Y no digo necesariamente mayor calidad sino importancia. Por Madrid pasa todo el mundo, aunque sea por casualidad y no miro a nadie, y eso le da una relevancia imposible de igualar. Y un microclima preciso de toda esa idealización, trascendencia e importancia de la capital es la feria del libro. Tenía ganas de pasear por el Retiro para ver libros, así que como un turista me pertreché de agenda, bolígrafo y agua para soportar el calor y apuntar todo lo interesante. Me apetecía descubrir. Ése era el principal objetivo : buscar pepitas de oro entre montañas y montañas de libros.

pepitasY la primera pepita de oro que encontré fueron los libreros. Llegué con la feria casi en su ecuador y los responsables de las casetas acusaban ya cierto cansancio de la exposición continua de mucha gente y unos cuantos lectores interesados. Hace un tiempo yo estuve al otro lado de la caseta, en Bilbao, y no es fácil mantener el interés, las ganas de dar a conocer tu fondo y la paciencia de escuchar peticiones de títulos masivos cada dos por tres cuando lo que yo vendía era narrativa contemporánea europea, fundamentalmente nórdica. Porque claro, no es lo mismo que estés en una caseta de esa gran editorial a que estés, por ejemplo, en la caseta de ese archivo histórico que no sabías que existía. En ningún caso es fácil. Continue reading