Cerrar la puerta

Abrir no es fácil. Dar un primer paso sobre un camino aún no transitado da vértigo. Las expectativas creadas o el futuro incierto genera que la mano se agarrote, el brazo se encoja y las piernas se petrifiquen. Aun así, conseguimos abrir puertas, hacer caminos y crear estelas en el mar.

Cerrar, sin embargo, parece más sencillo. Quizás porque el final parece inevitable. Parece que no hay decisión posible en el final. Se tiende a pensar que el final viene dado por un deterioro, un cansancio o una traición, por ejemplo. Un desencadenante, tácito o explícito, que hace que ese camino se agote, esa puerta se cierre o esa relación se termine. A veces, la corriente que origina una puerta abierta hace que, esta vez sí, de manera inevitable, se cierre otra puerta de un portazo.

No es fácil ver relaciones, por ejemplo, que terminen sin disputas ni dramas ni terceras personas. El final llega como algo inevitable dentro una interminable cascada de catastróficas desdichas que también parece imparable. Una vez, un amigo bastante más mayor que yo, al que de alguna manera admiraba, me llevó a un rincón de un bar y me contó que se iba a separar de su mujer con la que llevaba casado más de cuarenta años. Me dijo que era una decisión tomada de mutuo acuerdo, con madurez, donde la relación, sencillamente, había llegado a su fin. Esa manera de afrontar ese final me hizo admirarle un poco más hasta que me enteré, también de su boca, que la ruptura se debió a una tercera persona y por un descuido más propio de un vodevil de puertas que se abren y se cierran que de una relación madura. El hecho de que primero me contara una versión, para acallar rumores, supongo, y luego se sincerara con la versión real menos madura donde una historia, como cuando una máquina de escribir no hacía bien el salto y escribía dos veces sobre la misma línea, es solapada por otra, que por cierto aún perdura, me hace pensar que cerrar y no ser cerrado, al fin y al cabo, no es tan fácil.

Decidir cerrar la puerta implica la asunción de un final. Puede haber dolor pero hay una conciencia de terminar, de hasta aquí hemos llegado. Puedo seguir pero no quiero. Y no es fácil porque es mucho más cómodo que la culpa o la responsabilidad de ese final recaiga sobre lo inevitable del destino: Para qué me voy a adelantar si al final el final llega de manera inexorable. Perderé tiempo, energía y salud pero, al menos, me digo, la culpa no será mía.

Decidir el final de una etapa implica, también, una sensación inconsciente de soberbia. Como si yo me creyera más listo que el Destino. Cómo voy a saber yo más que lo que la vida me tiene preparado. Pero creo que, en el fondo, más veces de las que pensamos, sentimos esos ‘clic’ y no les hacemos caso precisamente por ese miedo a creernos soberbios. Convirtiendo así ese miedo a la soberbia en un miedo a decidir, a vivir, a ser. Cuando, precisamente, lo que hacemos es escuchar que el tiempo se ha cumplido y que el ciclo se ha cerrado.

Hoy cierro la puerta. Hoy salgo de esta tierra de nadie. Hoy me bajo de esta columna. Hoy me callo. Sin portazos. Sin empujones. Sin caídas. Sin esperar que aparezca nadie al rescate. Dejo de escribir aquí porque es un buen momento para cerrar la puerta, porque no hay deterioro, porque aún no me he cansado de escribir, porque heredé esta tierra de nadie y de nadie tiene que seguir siendo, porque en esta columna no hay espacio para sostener tantos aniversarios, hoy cierro la puerta porque quiero, porque puedo, porque sí. Gracias por el viaje.

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