Ladrillos

Cierro los ojos. Imagino un desguace. Imagino un camino cubierto de hojas y maleza. Imagino una ciudad vacía llena de gente. Imagino un ruido insoportable de susurros grabados en mi tarjeta de memoria. Abro los ojos. La realidad me supera. No hay ficción que arregle esto. No hay andamios que sostengan esta fachada. No queda otra cosa que volver a construirlo todo. Desde el principio. Desde abajo. Desde la tierra oculta bajo el asfalto falso.

La construcción será lenta. Un ladrillo cada uno. Primero el tuyo. Luego el mío. Pero no solo eso. Necesitamos un pegamento. Habrá que hacer un mortero para unir tu ladrillo y el mío. Un mortero para volver crecer. Un mortero para vivir. Una masa hecha de luz. De luz y de saliva. De besos y de sílabas. Cemento muy poco concreto. Hormígón desarmado. Amalgama mezclada con las manos. Con todas las manos posibles. Con los dedos que no tocan la vida sino que la interpretan.

ladrillos

Este ladrillo lo encontré en una calle. En esa calle silenciada por una bufanda mullida de nieve blanca. Da pudor pisar esa nieve. Dan ganas de no dañar esa alfombra. Los coches van de puntillas por la carretera. Entonces aparece el sol y hace gruñir a la capa silenciadora. Cada copo acumulado mira dolido al copo de al lado. Cómo se atreve el sol a derretirnos la boca. El sol piensa que el pudor y la pureza no tienen sitio hasta que venga la luna de nuevo.

Huele a pan caliente. Toco el surco entre ladrillos como quien mete el dedo en el pastel. La pared no sabe bien qué hacer. Escucha pero no habla. Veo la pared recién hecha. Dos teselas de vida tejidas sin dedal dejan un hueco entre un grupo de ladrillos. En este hueco va un alféizar. De esos que parecen peldaños. Lo dejaremos ahí para cuando queramos seguir subiendo. Para cuando queramos recibir a las visitas. Para cuando, un día de estos, sintamos la cabeza y echemos a volar.

La soledad me dio un ladrillo macizo. Un trozo terroso de gritos diminutos. Granos abrazados en un coro desafinado pidiendo un paréntesis. Gritando un poco de silencio. Una pausa larga. Como esa que anticipan los puntos suspensivos. Ojalá tuviera, ahora, un ladrillo de puntos suspensivos. Un ligero rectángulo de grandes pausas que pudiera colocar al lado del macizo de pequeños gritos. Y así descolocarme. Y así poder pensar el tiempo que pido a gritos en soledad.

He cometido cien errores de cálculo. Más o menos. Suelos líquidos. Tarimas hundidas. Rodapies cojos. Eso me pasa por no hacer las cosas a ojo. Mirando lo que tengo enfrente. Buscando tu mirada. Y la suya. Ahora tengo delante una pared y nunca lo he visto todo tan claro. Otras veces he estado contra la pared. Solo ahora estoy a su favor.

Ayer, por fin, decidí que esta construcción no tendrá fachada. Serán todo interiores transparentes con vistas al mar. En el patio exterior no entrará la luz. Las puertas no tendrán mirilla sino mirada. Una de esas limpias y brillantes como la plata de buena ley. Y para abrir las puertas, habrá pómulos encendidos de ganas de abrirnos en canal. El arrojo no tiene color pero queda bien en esto que estamos levantando. Solo fijará bien si nos salpica en la cara.

Lloran piedras que buscan mi propio tejado y yo ni siquiera lo he encontrado. He empezado a subir pero el techo nunca llega. Recorro las paredes hechas de muchos ladrillos. Un ladrillo. Luego otro. Primero el tuyo. Luego el mío. Piso con fuerza para probar la resistencia de los materiales. Los ladrillos aguantan la risa y esa lluvia de piedras, que pesa. Pero no hay tejado. Estas paredes suben. Suben y no terminan, no acaban. Será que, como nosotros, nunca tocarán techo.

Artículo publicado en la edición de marzo del periódico Bilbao.

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