Refugios

Nunca había usado demasiado las bibliotecas. Tampoco para estudiar. Siempre he preferido preparar los exámenes en mi cuarto buscando la concentración siguiendo las musarañas escondidas en la cortina. El silencio tan denso me provocaba el efecto contrario. No conseguía concentrarme. Y sobre los libros, hasta ahora siempre he hecho el esfuerzo de comprar aquellos que me interesaban realmente o compartir con amigos y compañeros aquellos que no podía o no quería comprar. Supongo que era una costumbre adquirida en mi familia. Mi madre fue socia del círculo de lectores durante muchos años y entraban libros cada semana. No sentí esa necesidad de ir a buscar los libros a otra parte.

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Cuando entré a las bibliotecas no fue buscando libros sino refugio. Es cierto que las librerías también han cumplido parte de ese cometido pero la biblioteca tiene ese carácter reparador más marcado. Buscas refugio cuando te sientes desamparado, desubicado o, simplemente, vulnerable. Y muchos de esos sentimientos, sino todos, los experimentas cuando viajas a un sitio que no conoces. Te expones de tal manera que necesitas un lugar que no haga preguntas, donde conoces las reglas y, además, hay wifi gratis.

Cuando llegué a Montreal el primer carné que me saqué fue el del metro y el segundo, el de la biblioteca. La primera que pisé fue una pequeña que me servía en mis días de estudio del francés. Un precioso edificio que estaba conectado con un invernadero. Luego descubrí la gran biblioteca de la ciudad. Un espacio enorme y céntrico, lleno de luz y de libros. Un punto de conexión con la ciudad, con una cultura nueva y con actividades que servían de enganche con una sociedad desconocida. De repente, te ves buscando y compartiendo libros cuando en realidad lo que compartes es tu ritmo de vida. Es entonces cuando te das cuenta de que ya formas parte de la ciudad.

Aunque no pasa siempre con todas las bibliotecas. El espacio reparador sí que está pero no siempre se encuentra ese enganche, esa conexión directa con la sociedad que nos acoge. Y no pasa porque una biblioteca es un ser vivo. Tiene ritmo interno propio, una respiración concreta. Al llegar a Madrid, con tiempo y poca idea de la ciudad, nos hicimos socios de la biblioteca, Marieta y yo, y nos divirtió la idea de buscar libros interesantes e ir a por ellos a cualquier biblioteca donde se encontraran. Fue un ejercicio curioso y muy rico porque fue en ese momento cuando me di cuenta de que no todas las bibliotecas son iguales.

Uno de los primeros síntomas es el fondo con el que cuentan estos centros porque no es siempre el mismo y son personas quienes confeccionan el catálogos de libros que ofrecen a sus socios. Sin entrar a valorar todos y cada uno de los lomos, entornando un poco los ojos puedes percibir qué tipo de biblioteca es, si hay un interés por los libros o no, si hay un esfuerzo administrativo por ofrecer un catálogo vivo y atractivo. Esa información conforma un primer mapa de cada biblioteca. Y luego está el elemento humano como tal. Enseguida sabes si detrás de la ventanilla hay personas que creen en el poder del acto social de compartir libros entre nosotros o simplemente se limitan al acto administrativo de registrar el código de barras en el sistema. Para mí esa diferencia es fundamental. Es imprescindible que haya alguien al otro lado. De nada sirve un edificio hermoso si no hay nadie en él agitando las hojas de los libros que descansan en las estanterías.

Para mí es tan importante en este momento de mi vida que mi biblioteca de cabecera en este nuevo periplo riojano no es la de la ciudad donde vivo sino que está a veinte kilómetros de distancia de mi casa. Allí, en Santo Domingo de la Calzada, he encontrado un nuevo refugio de libros y vida para un peregrino que sigue buscando su camino.

La maleta de Casanova

casanovaLa editorial Demipage ha editado un baúl. Un cofre lleno de emoción, de palabras precisas y de poesía sin medida. Las obras completas de Félix Francisco Casanova muestran al joven poeta canario de cuerpo entero. El trabajo, dirigido por Javier Irazoki y prologado por Fernando Aramburu, primeros escritores en darse cuenta de la apabullante fuerza de una voz que se calló de manera prematura, recoge un diario, una novela, seis poemarios, un diario y varios cuentos. Murió con 19 años.

Entre su escritura se desliza, además, la relación del joven poeta que quiere ser músico con su padre, un escritor notable que escucha la voz de su hijo. Lo hace con atención, ayudándole, dejándole crecer, sin presión, sorpendido pero agradecido. Fotos, páginas manuscritas y manifiestos completan una imprescindible « maleta llena de hojas ».

Reseña publicada en el periódico Bilbao en su edición de julio.