Crear

Es cierto que nada es genuino. Toda creación surge de algo previo. Más o menos evidente, una novedad se confecciona a partir de un hilo del que el creador ha tirado para alcanzar un nuevo efecto, un nuevo enfoque o simplemente una nueva pregunta sobre la que seguir caminando. Tomar imágenes, fragmentos de novelas o extractos de canciones para añadir, cambiar o tergiversar el sentido inicial de la obra original es una forma evidente de partir de referencias hasta llegar a otra cosa. También es cierto que esa manera de tirar del hilo que es el reciclaje cultural no es nueva, ni mucho menos. Lo que ahora son memes, gifs o mashups, antes lo fueron, por ejemplo, los remix musicales. Pero con una diferencia : esta manera de generar contenido nuevo se ha banalizado y masificado. No hace falta especialización, formación o habilidad previa. Cualquiera con acceso a internet y sentido del humor puede convertirse en creador a partir de este reciclaje cultural. De hecho, todos lo hacemos.

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Lo hemos asumido como algo normal, como un comportamiento natural del consumidor actual. El caso es que hemos dejado de ser consumidores. Aparece, entonces, la figura del prosumidor. Aquel consumidor que da un paso más y produce contenido. No se limita a consumir vídeos, noticias, fotos o comentarios ingeniosos sino que comparte, opina y selecciona esos u otros vídeos, noticias, fotos y crea sus propios comentarios ingeniosos. Nuestro muro o perfil es un guión personalizado de nuestro programa favorito que es nuestra vida virtual del que nuestra vida real no es sino otro contenido más a producir y seleccionar. Consumimos y producimos masivamente pero, ¿cuándo creamos?

Esa generalización del reciclaje y su uso exclusivamente lúdico, ha convertido a la creación, entendida como ese proceso de viaje y reflexión artística, en algo marginal y lento que no da unos resultados inmediatos. El profesor Antonio Domínguez Leiva habla de la viralidad como legitimidad. Un concepto interesante que me sirve para entender, en parte, la causa de la mala reputación de la creación. El caso es que ya no manda la calidad, ya no existe una élite que dirija los gustos o establezca los cánones. Ahora, para que lo creado sea tomado como valioso tiene que ser viral. Poco importa la reflexión, el proceso o el viaje invertido. Si se viraliza es válido. Si no se propaga, la indiferencia es el destino.

La creación no ha acabado, claro. La cultura se sigue nutriendo de artistas que no sucumben a la velocidad del halago masivo pero ya no es su alimento principal. Es muy difícil no participar de esa fábrica de comida rápida y eso es lo que me preocupa. Estamos invirtiendo tiempo y esfuerzo en esa maquinaria de lo futil y cuando queremos afrontar alguna empresa más profunda, más larga en recorrido y contenido, nos parece inabarcable, inútil y la cabeza nos duele a punto de estallar como una palomita.

No soy trágico. Existe talento; manos que quieren cambiar el mundo; pies que bailan ligeros sobre una tierra pesada; pupilas sobre las que la luz incide de manera diferente. Pero puede que no sea suficiente; puede que la gente esté mirando hacia otro lado; puede que, aburridas, esas manos solo usen los pulgares y los pies tengan sus tobillos débiles; puede que esas pupilas, un día, dejen de ver bien de lejos.

Y no es elitismo lo que propongo. Nos dicen que la cultura popular debe ser únicamente lúdica, entendido esto como evasión y no como punto de vista de la realidad, efímera, viral y que permita navegar por otros temas al mismo tiempo. Pero podemos hacer que esto no sea el único camino.

Hay que invertir en el proceso, en el camino, en la vida; invertir la inercia de una vida inmediata con el poder de la creación, de la búsqueda, de la poesía. Lo virtual es útil, hasta puede ser bello, pero no puede ser lo único; no puede ser el único idioma para comunicarnos; no puede dejar de ser una herramienta porque entonces las herramientas seremos nosotros.

Este artículo se ha publicado originalmente en la edición de abril del periódico Bilbao.