Hilos

Recuerdo perfectamente cuándo escuché a Georges Brassens, Loquillo o Silvio Rodríguez por primera vez. Escenas que podría reescribir sin cambiar una coma. No me pasa lo mismo con Leonard Cohen. No tengo ni idea cuándo empezó a sonar en mi vida. Soy incapaz de descifrar la casilla de salida, esa primera cita con Leonard. Su disco de grandes éxitos siempre ha estado cerca.

hilos

Suena lógico que la vida hubiera trucado los dados en un momento preciso para que yo acabara en Montreal. Preparando el viaje fue cuando me di cuenta de que iba a pisar los escenarios de su infancia y del lugar al que siempre volvía. Además, como ya escribí aquí, caí en el mismo barrio donde creció : mi primer barrio fue su primer barrio. Eso me acercó a él. Y entonces conocí la ciudad, los materiales de los que está hecha su sociedad y aquellos con los que construyen sus aceras y carreteras. El mimo por la poesía, también minoritaria pero digna y respetada, la naturalidad hacia la vida del otro, el respeto por el camino que ha llevado a cada uno de los montrealeses a ser de Montreal.

Y descubría todo esto mientras seguía sonando su repertorio de fondo, el clásico y el nuevo. Un día me di cuenta de que, para mí, su voz había cambiado. Él ha había cambiado. Yo había cambiado.

Supe que mantenía una casa en el centro de la ciudad, en el barrio portugués, cuna del pollo asado y de la multicultura. Está situada en una plaza no muy grande que ahora se ha hecho famosa por la cantidad de vídeos que circulan por las redes sociales. Cerca de ahí hay un cartel con fotos de Leonard de joven que indica que allí vivió varios años y que desayunaba en el restaurante de al lado.

Su presencia en la ciudad es una presencia acostumbrada, no de altar ni de veneración. Creo que a Montreal le pasa lo mismo que a mí : si le preguntaran, seguro que la ciudad tampoco sabría precisar la primera vez que Cohen apareció en la ciudad como poeta; siempre ha estado ahí.

Vuelvo a casa de mis padres por unos días. Repaso y reescucho los discos del bueno de Leonard que tengo, que son casi todos. Pienso en la gente que anda cerca y me acuerdo de ella.

Coincidimos, por fin, en la misma ciudad y decidimos vernos. Preparar la cita es fácil. No hay mucho tiempo pero quedamos para tomar un café después de cuatro años sin encontrarnos. El bar es un lugar común para los dos antes de que nuestras vidas cambiaran. Nos dimos cuenta de que nuestra conversación seguía fluida, curiosa, divertida. De hecho, nuestra amistad se basa en eso : hablar y no parar de tirar de hilos propios y ajenos.

Me alegra comprobar que sigue igual de cambiada que siempre. Sin parar de hacer cosas nuevas, cómoda en el cambio. Coincidimos en que nuestra vida ha pasado de ser analógica a digital : donde antes cabía un año ahora puede caber el doble. Los dos hemos vuelto, los dos estábamos contentos por volver, pero volver no parece ser suficiente. Y queremos compartir lo aprendido pero no nos entienden. No sabemos explicarnos. No hablamos el mismo idioma hablando el mismo idioma. Los dos sentimos alivio por encontrar en los ojos del otro la misma sensación. Y eso nos hace sentir un poco menos solos, menos culpables.

Y entonces, Leonard Cohen se muere. Y se muere un vecino, se muere un poeta, se muere alguien cercano. Y lo siento. Y lloro. Y lo intento explicar y no puedo. Y de repente me doy cuenta de que estoy lejos estando cerca. Y no entienden nada. Y no entiendo nada.

Este artículo se ha publicaco originalmente en la edición de diciembre del periódico municipal de Bilbao.

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