Milagros

Para Pedro

En Montreal hice muchas cosas. Una de ellas fue convertirme, ocasional e intituivamente, en profesor de español. Una amiga me dijo que tenía un conocido, director de cine, que quería mejorar su español porque estaba preparando una historia en la que necesitaba sentirse seguro con el idioma. Le dije a mi amiga que yo no era profesor pero insitió en que yo era ideal para este hombre. Así que accedí. El cineasta resultó ser Philippe Falardeau. Candidato al oscar por Profesor Lahzar, pertenece a una especie de boom del cine quebequés que junto a Denis Villeneuve, Jean Marc Vallée y al jovencísimo Xavier Dolan ha colocado en el mapa cinematográfico a esa Galia canadiense llamada Quebec.

Entregado a mis clases como un buen alumno, intercambiábamos ideas y referencias que yo intentaba usar para explicarle cosas tan poco comprensibles para un estudiante de español como las diferencias entre el ser y estar o el insondable origen del subjuntivo. Lector de García Márquez y fan confeso de Eduardo Mendoza, Philippe aguantaba como podía mis ganas de preguntarle sobre cine, sobre sus películas y su proceso creativo.

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Una vez, cuando ya dejé de darle clases, me invitó a ver cómo se ajustaba el sonido en la película en la que estaba trabajando, Guibord s’en va-t-en guerre. En una pequeña sala de cine, a oscuras, en constante conversación y discusión con el compositor de la música y los ingenieros de sonido, Philippe me contaba cómo fue su primera experiencia en Hollywood y cómo había vuelto a Quebec para rodar una historia muy local pero con temas generales, uno de los secretos de Profesor Lahzar, por cierto.

Me llamó la atención la naturalidad y fluidez de su trabajo, del encadenamiento de proyectos casi sin descansar. Días antes de estar conmigo montando el sonido de su siguiente película, había presentado en un festival de Montreal La buena mentira con Reese Witherspoon y ya había adquirido los derechos de un libro para trabajar en el guión y el proyecto que nos unió estaba, de momento, en un cajón. Ahora, Falardeau se pasea presentando su segundo largo hollywoodiense, The bleeder, con Liev Schreiber. Saliendo de aquella sala de sonido le conté que eso no es posible en España, hoy en día; hacer películas es un milagro, le solté. Lo sé, me dijo. Quizá por eso, porque sabe que eso no es lo normal, no para de trabajar, de parir ideas y de aceptar proyectos interesantes.

Mientras, en España, hacer una película es un acto heroico que casi nadie valora. Directores consagrados, con más curriculum que Philippe, pelean como meritorios para poder presentar proyectos atractivos que seduzcan a televisiones e instituciones. Y los meritorios pelean con nuevas armas para levantar los suyos.

El público cree que esos directores que ya no firman películas están jubilados, apartados por decisión propia, viendo cómo los nuevos recogen el testigo y se pelean por un hueco. La industria del cine en España se ha convertido en una industria de guerrilla que no entiende de edades ni de generaciones. Lo mejor de todo, y lo más esperanzador, es que la pasión por contar historias ni muere ni envejece. Siguen ahí, a pesar de todo, intentando sacar sus guiones, sus libros, sus cuadros adelante. El más joven porque quiere empezar y el más veterano porque no quiere parar. Y eso es emocionante en si mismo. Se trata de una energía milagrosa que se va por el sumidero de la mediocridad sin que (casi) nadie se dé cuenta. En el cine resulta más llamativo porque requiere más colaboración y dinero pero nos encontramos el mismo panorama en aquellos que quieren escribir, pintar, esculpir, enseñar, divulgar, investigar. Esa cosa con plumas, como llamaba Woody Allen a la cultura, se está quedando desplumada y a la intemperie a pesar del abrigo y el cobijo de la pasión de algunos que no se resignan a verla en carne viva. Y eso es digno de aplaudir, admirar y reseñar.

Este artículo se ha publicado originalmete en la edición de noviembre del periódico municipal Bilbao.

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