Cuando las palabras arden

Hay libros que son muy fáciles de recomendar. Sé identificar al futuro lector, reconozco a los amigos a los que va a gustar esa historia y es reconfortante saber que extiendo la buena literatura de una manera fácil, como sin querer. Pero hay otros que no lo son tanto. Y no porque no sean buenos. Al fin y al cabo, los malos son los libros más fáciles de todos : los arrincono y los olvido. Punto. Pero hay libros que son muy buenos, que me encantaría recomendar a los cuatro vientos pero que no es tan fácil hacerlo. Puede ser la temática, la estructura o el estilo. Hay algo que me impide sacarlo como primera opción en una conversación, prefiero esperar. 

pergolaarden

Hacía mucho tiempo que no me pasaba y este verano he leído algo que me quema en las manos pero que no sé cómo recomendar. Se trata de Ànima  de Wajdi Mouawad. No es una novedad, no es corto y no ha sido un bestseller. Sin embargo, tengo esa sensación que me invade cada vez que leo algo emocionante : quiero compartirlo y hablar de ello todo el rato.

Un viaje físico y personal hacia el origen mismo de un protagonista que necesita ver la cara del asesino de su mujer. Poesía, dolor y violencia que entrecorta la lectura. A veces tenía que levantar la mirada de las páginas porque la imagen creada era hermosa, otras porque el sentimiento que evoca abría heridas propias y otras porque la escena descrita era brutal y salvaje. Y todo eso ocurre al mismo tiempo y en el mismo libro. Es fácil de leer, como buen thriller, pero no es tan fácil continuar leyéndolo. El autor, canadiense de origen libanés, sabe perfectamente por dónde quiere llevar al lector y no se anda con rodeos. Apenas hay digresiones o explicaciones al margen de la trama, del viaje del protagonista en busca de su objetivo. Y eso lo convierte en una obra implacable.

El otro día hablaba con Francisco Javier Irazoki sobre la poesía en prosa, de la cual el poeta navarro es un maestro, y hablábamos de que la obra de Juan Rulfo es de lo más poético que se ha escrito nunca. En el caso de Mouawad pasa algo parecido. Es una novela, tiene que ser una novela, pero el trazo poético es innegable. Una huella que se ha converido en estilo propio del autor.

Al principio de la lectura pensé que sería un libro que mi madre, voraz lectora, podría disfrutar. Fui avanzando y se me fueron quitando las ganas de recomendársela porque el dolor a veces supera la belleza de la narrativa del autor criado en Montreal. Y así me pasó con varias personas a lo largo del viaje literario. Hasta que me quedé sin candidatos para compartir una novela que me ha dado la vuelta como un calcetín.

Por azar y poco antes de ser sacudido por esta novela, vi la película Incendios. Al terminarla, trastocado y sorprendido, estuve indagando sobre el origen de ese proyecto y descubrí que es una adaptación de una obra de teatro del propio Mouawad. Retumbó su nombre en mi cabeza y de repente recordé que, por azares largos e inútiles de explicar, tenía ese libro en una estantería. El resto ya lo he contado.

Lo que aún no he contado es que bajando al metro, en Madrid, por un túnel, hace unos días, un cartel llamó mi atención. Mario Gas adapta Incendios por primera vez en español. La semana pasada fui a verla con Marieta y unos amigos. Tres horas de otro viaje lírico y poético al corazón del dolor y de la redención. Al salir nos mirábamos todos como quien ha salido aturdido de un tsunami de palabras. Teatro de vanguardia que mira al teatro clásico. Actores de la talla de Nuria Espert, Laia Marull o Ramón Barea dan cuerpo a personajes que encaran como pueden incendios que les sobrepasan. El nudo en la garganta desde la primera frase y la lágrima en la cara al final de la obra. Todas las palabras se quedan cortas en una obra, la de Mouawad, que es difícil de recomendar pero que en la que es imprescindible adentrarse para sentir la intensidad de la buena literatura, del buen teatro, ardiendo en nuestro pecho.

Este artículo está publicado en el periódico Bilbao en su edición de octubre.

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