Madrid congelado

La lluvia no tiene buena prensa. Ni siquiera en Euskadi. Incomoda, entorpece, molesta pero no impide, y eso es lo peor. No es tan mala como para detener tus pasos pero sí lo convierte todo en una tarea más difícil. Aun así, puedes seguir haciendo tu vida. Digamos que todo esto pasa con esa lluvia diaria, a granel, que nos encontramos en esos miércoles que, justo cuando sales de trabajar, te dan una puñalada trapera y se convierten en verdaderos lunes de manual. La tormenta de verano es otra cosa. Sigue sin ser maravillosa pero ese algo torrencial que tiene la lluvia estival lo cambia todo.

Madrid_Congelado

Mi primer verano en Madrid está dando todo lo que lleva dentro. Calor y bochorno. Sin tregua. Calor en cada esquina, en cada pliegue de la cama. Calor constante, perseverante, infinito. Tan pegajoso que consigue congelar la vida de la ciudad. Suena a paradoja pero es cierto. Como cuando un gramófono se va quedando sin cuerda, y la música se va deteniendo poco a poco, reproduciendo sonidos grotescos hasta que finalmente se para. No puede seguir. Se congela. Así es el calor de Madrid. Lo bueno o malo de todo esto es que llega un momento en que lo asumes y te dejas congelar por el calor asfixiante de Madrid.

Buscando calor pero del otro, del humano, hace unos días fui a un recital de poesía, de esos en los que después de la intervención de los poetas invitados abren el escenario para que quien quiera pueda leer sus cosas. Como ya conté el mes pasado, en Madrid pasa de todo a todas horas todos los días. Y la actividad poética en los bares es constante durante los siete días de la semana. He empezado a acercarme a esos bares para saber qué tipo de ambiente se crea y qué tipo de poesía se siembra. Y sobre todo para conocer gente con una necesidad similar a la mía de mirar la vida a través de la poesía. Al final, el tipo de poesía es lo de menos, lo más interesante es la energía que se crea en esos espacios y lo populares que se han hecho. Un determinado grupo de poetas y creadores tenían la necesidad de tomar de nuevo los bares y de ocupar un espacio que creían negado a artistas fuera del cánon. Ahora se ha puesto de moda hacer jams de poesía y han nacido pequeñas editoriales al abrigo de esos eventos y se ha creado una inercia poética. El exceso no es bueno y, a veces, el postureo gana al posicionamiento, pero ha surgido otro camino de acceder a la poesía y de perder el miedo a un lenguaje que suele asustar y alejar.

Al salir de la velada, caminé hacia el metro. El calor, a punto de congelarme. Mis pasos blandos derretían las baldosas y la oscuridad no aportaba ni una gota de frescor o tregua. Tan solo gotas de sudor sin excusas. Hundido en el metro pude respirar, refrescarme y coger fuerzas para cuando saliera de nuevo a la ciudad congelada de calor. Por el pasillo que comunica el andén con la salida comencé a oir un ruido. Fuegos artificiales, pensé. Pero no. Ya al pie de las escaleras de acceso a la calle, noté un reguero de agua torrencial que caía lento pero inexorable hacia mis zapatillas de verano. Una tormenta de verano construida en cuestión de minutos solo para mí. Porque la tormenta de verano no es lluvia, es otra cosa. Me quedé unos segundos pensando qué hacer pero ante una tormenta así, poco hay que hacer. Ningún plan aguanta esa lluvia templada y torrencial. Pensé en esperar a que escampará porque siempre escampa, decía mi abuela, pero ya era tarde y no parecía tener intención de parar en un plazo de tiempo razonable. La tormenta de verano es de todo menos razonable. Guardé mi cartera, el móvil y las llaves en un bolsillo de mi mochila, la encajé bien a la espalda y comencé a subir los escalones de dos en dos y corrí buscando una primera cornisa donde realizar la primera pausa. Tres minutos después ya estaba completamente calado. Salí corriendo en busca de una segunda base hasta que, en un momento dado me quedé quieto en medio de la tormenta. Esa es la diferencia con la lluvia rutinaria, de lunes. La tormenta de verano no te deja escapar. Es imposible. Puedes correr, puedes intertar esconderte e incluso guarecerte pero ella estará ahí para que no puedas seguir haciendo tu vida. En mitad de la carrera ciega lo entendí. Miré hacia arriba y pensé : «Te pillé ». En ese momento comencé a caminar, diletante, como disfrutando de un paseo dominical, notando la lluvia tibia pero refrescante caer por todos los rincones de mi ropa, de mi cuerpo. Pesaba más, me notaba más, sonreía más. En ese momento, como enojada por no conseguir enfadarme, la tormenta de verano cesó de inmediato. Dejando huellas de lluvia tras de mí, alcancé el portal de mi casa con la sonrisa empapada en la cara.

Artículo publicado en la edición de agosto del periódico Bilbao.

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