Por otra cabeza

Me gusta ese bar. Es un bar de pueblo. De esos multiusos. A la mañana cafetería para los madrugadores, a mediodía taberna para la ronda de vinos de los parroquianos, a la tarde agradable pub y a la noche, a veces, discoteca para los jóvenes rezagados que se iban a quedar en casa sin salir.

Esa tarde, desde mi mesa-escritorio del fondo, el bar rumoreaba con voz de niño y de jugador airado de cartas. La música llenaba huecos sin brillantez pero con oficio y la camarera con la sonrisa más bonita que he visto a ese lado de la barra me ponía otro café.

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Yo seguía sumergido en mis papeles, en mis notas confusas mientras el bar bullía con más o menos volumen. No siempre me pasa pero de vez en cuando necesito salir del vacío de mi cuarto, de mi ordenador y su silencio para notar que fuera de esa tranquilidad hay gente que vive y hace ruido. Quizás sea por contraste pero la concentración llega a mis oídos con más rapidez y profundidad. Y cuando quiero despertar de esa burbuja no tengo más que levantar la mirada y observar ese universo de relaciones y gestos.

Ya llevaba un rato en el bar, en mi esquina, escribiendo y leyendo, cuando mis oídos, ya acostumbrados al runrún de la clientela, notaron una soledad extraña. Levanté la cabeza y noté un silencio aislado, una especie de sima muda entre dos ruidos.

Las dos parejas que jugaban a las cartas seguían haciéndolo pero con una cadencia casi oriental, los niños juguetones habían salido animados por una tregua concedida por la lluvia y la camarera dejó la trinchera de la barra para acercarse a las mesas y recoger los vasos. Un trapo húmedo y una sonrisa limpia como únicos utensilios para su faena. Suficientes, pensé yo. Más que suficientes.

Como si la escena necesitara una banda sonora para amortiguar esa nada suspendida, comencé a escuchar unos violines, una suave y sugerente introducción de cuerdas que al principio pensé soñada. “Ya estamos otra vez, Jöel”, me dije. Pero no, la música salía de los bafles del bar, no de mi imaginación. Una versión instrumental del tango de Carlos Gardel ‘Por una cabeza’ terminaba por redondear un momento imaginado alguna vez en mi propia cabeza pero real esta vez, lo prometo.

Dejé el bolígrafo, consciente del instante, y disfruté de ese efímero espectáculo intentando aprehender cada detalle, cada matiz. Viendo balancearse a la camarera por entre las mesas me acordé de Al Pacino y de aquella escena en la que él, un militar ciego, saca a bailar a una preciosa joven al ritmo de este mismo tango. Un momento de total comunicación donde Pacino sabe qué hacer en cada momento para convertir un tango en una sugerente conversación íntima.

Recuerdo que pensé: “Me encantaría ser Al Pacino en aquella película. Me encantaría tener las palabras justas y el traje impecable para que la camarera dejara el trapo y cogiera mi mano mientras yo le abrazo la cintura”. Pero ni yo soy Al Pacino, ni llevaba traje ni sé bailar el tango. Y para qué estropear esta escena donada por la vida con torpes pasos y palabras entrecortadas.

Supe que ella misma había programado esa canción cuando escuché su tímido silabeo al acercarse a mi mesa a recoger mi penúltimo café. Pasó el trapo y dejó su sonrisa. Y yo pensando en Pacino.

Pero ese momento como vino se fue. El tango cesó languidamente, la camarera regresó a su trinchera, el bar se volvió a llenar de niños ruidosos y padres superados y los jugadores de cartas se enfadaron de nuevo por una cuenta mal hecha. Como siempre.

Dice Francisco Javier Irazoki que la poesía está por todas partes y que no siempre escribir esos destellos los mejora. Tiene razón. A la vista está. Pero esa tarde pasó algo demasiado bonito como para no contarlo, aunque sea de manera torpe y entrecortada como mis pasos de baile.

Este artículo se publicó originalmente en la edición de mayo de 2013 del periódico Bilbao.

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