Pepitas de oro

Dejé Montreal pensando que no iba a hacer muchas más cosas por primera vez pero me equivoqué, claro. Este mes pasado fui por primera vez a la feria del libro de Madrid. La verdad es que siempre lo había idealizado un poco. Supongo que la culpa la tiene Madrid. Quiero decir que para un tipo de provincias como yo, por mucho de Bilbao que uno sea, todo lo que ocurre en la gran ciudad adquiere una mayor trascendencia. Y no digo necesariamente mayor calidad sino importancia. Por Madrid pasa todo el mundo, aunque sea por casualidad y no miro a nadie, y eso le da una relevancia imposible de igualar. Y un microclima preciso de toda esa idealización, trascendencia e importancia de la capital es la feria del libro. Tenía ganas de pasear por el Retiro para ver libros, así que como un turista me pertreché de agenda, bolígrafo y agua para soportar el calor y apuntar todo lo interesante. Me apetecía descubrir. Ése era el principal objetivo : buscar pepitas de oro entre montañas y montañas de libros.

pepitasY la primera pepita de oro que encontré fueron los libreros. Llegué con la feria casi en su ecuador y los responsables de las casetas acusaban ya cierto cansancio de la exposición continua de mucha gente y unos cuantos lectores interesados. Hace un tiempo yo estuve al otro lado de la caseta, en Bilbao, y no es fácil mantener el interés, las ganas de dar a conocer tu fondo y la paciencia de escuchar peticiones de títulos masivos cada dos por tres cuando lo que yo vendía era narrativa contemporánea europea, fundamentalmente nórdica. Porque claro, no es lo mismo que estés en una caseta de esa gran editorial a que estés, por ejemplo, en la caseta de ese archivo histórico que no sabías que existía. En ningún caso es fácil.

En este punto debo reconocer que, aunque yo caminaba con ritmo y mostraba interés en las casetas y agradecí algún comentario suelto, yo era un mal cliente. De un tiempo a esta parte todo lo que leo me suena igual o a ya leído. Y no, no leo siempre el mismo libro aunque lo malo es que tengo esa terrible sensación de leer siempre lo mismo. Y tampoco he leído tanto como para que tenga que rebuscar mucho para encontrar estímulos interesantes. Por eso, otro de los objetivos era que esas pepitas de oro que buscaba fueran especiales, diferentes, que me sonaran a algo distinto, al menos para mí.

Y ahí es donde entran, otra vez, los libreros. Fui dispuesto a pedir ayuda, a escuchar ofertas, a dejarles hablar. Y me lo pasé en grande. Me centré en la poesía, género que más me apetece leer y más difícil es de recomendar.

Llegué a una gran editorial de poesía y pregunté. Me dijo que era imposible recomendar, que lo mejor era que hojease todos los libros. Insistí un poco más pero no quiso darme ningún nombre, ninguna pista. Le hice caso y hojeé varios libros pero yo no necesitaba ver solapas, necesitaba ayuda. Avancé y fui a otra editorial, esta vez era más pequeña pero con un fondo que me pareció interesante. Y volví a preguntar. El librero titubeó pero aceptó el reto y empezó a repreguntarme y buscar más información. Fue un espectáculo maravilloso ver cómo buscaba respuestas, me miraba y me iba dando algunos títulos, tampoco muchos, explicándome cuidadosamente por qué los había elegido. Si todo te suena igual, busca libros donde las palabras sean diferentes, construyan otras definiciones, me soltó en voz baja y me tendió un poemario contemporáneo escrito en ladino. Se lo está currando, pensé. Acepté el guante y compré ese libro.

Camino relajado y ojeando otros libros pero más por inercia que por interés. La misión estaba cumplida y pienso que el paseo valió la pena, claro. Porque el libro merece la pena. Y ésa es la idea. Pocas veces he salido de una librería tan satisfecho. Y no tanto porque me llevara un libro especial sino porque alguien me escuchara y buscara junto a mí respuestas a preguntas que me costaba siquiera formular.

Este artículo se ha publicado en la edición de Julio del periódico Bilbao.

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