Objetos que hablan

Disfruto mucho en las ferias de antigüedades, almonedas y desembalajes. Son templos del objeto en los que puedo echar horas y horas buscando piezas que ni siquiera sé que voy a buscar antes de entrar. A mí me interesa, sobre todo, lo menudo, esas piezas que están pegadas a la vida de las personas que las poseyeron, que las hacen presentes a pesar de haber desaparecido hace décadas, que las explican y las definen. Exagero, pero no mucho, si digo que todos esos objetos hablan.

objetos

Los libros de viejo son las piedras Rosetta de las antigüedades. Hablan incluso cerrados. Una vez, sumergido entre libros de una misma vieja biblioteca de una casa vaciada por un anticuario, me topé con una edición francesa de Morir de no morir de Paul Éluard. El ejemplar, editado por Gallimard, estaba deshilachado por el lomo, las hojas estaban carcomidas por las esquinas y la portada, a punto de caerse como si recordara su pasado de hoja caduca. El tiempo había dejado cicatrices obvias pero lo más llamativo fue que a lo largo de todos los poemas de la obra había notas al pie, asteriscos, comentarios, enmiendas a ciertos versos y todo ello estaba manuscrito. La pasión con que el anterior dueño había marcado el libro era emocionante. Su lectura era, al menos, una lectura a tres voces : la de Éluard, la del autor de las notas y la mía. Tres épocas, tres ecos y tres conclusiones que convierten un libro en un elemento vital.

Pero hay más objetos. En un desembalaje, una exposición desordenada de objetos antiguos, me fijé en las sillas, banquetas, sofás o sillones que había. Por ejemplo, ese butacón orejero solitario entre objetos anacrónicos. Vacío, con el tapizado gastado por el tiempo y el uso, como esperando a que llegue su dueño de un momento a otro. Y también habla. Lo hace como una escultura de Kiefer, donde la ausencia revela, abrumadora, la presencia.

O qué me dicen de los teléfonos. Me llama mucho la atención esa cantidad de aparatos de baquelita negra apilados y ordenados en alguna esquina de las ferias, como si estuvieran a punto de sonar. Con esos cordones de tela gastados por el pisotón constante de la cómoda donde haN estado durante años recibiendo llamadas.

Mi McGuffin favorito en estos lugares son los discos de pizarra. Los vinilos no, las pizarras. Aquellos discos de 78 rpm. hechos de piedra para los gramófonos que sólo las mejores casas tenían en su salón para amenizar veladas y reuniones. Es un vicio asequible que me permite rebuscar y bucear por cajas y álbumes. Antiguas voces enmudecidas durante años sepultadas por el progreso. Una aniñada Lola Flores, Gene Kelly chapoteando o María Callas parando el tiempo. Miro detenidamente los discos, su estado, la etiqueta, el artista e intento adivinar el año de su nacimiento y el lugar en el que ha estado viviendo ese pedazo de pizarra hasta que ha caído en mis manos. Es emocionante.

Estos discos sirven además para hacer funcionar un pequeño gramófono portátil y no demasiado bonito que un día decidí rescatar de un desembalaje. Nervioso con la adquisición y el trato que debía darle, pedí consejo a un anticuario sobre su cuidado, y me dijo que « el mejor mantenimiento para la viejas máquinas como la tuya es que, de vez en cuando, sigan funcionando; por mucho que las limpies, las cuides, las observes y las admires, si no cumplen la función para la que fueron creadas, morirán del todo »

Ese consejo me cambió la manera de ver la vida de todos estos objetos. Cada vez que suena en mi casa, en un entorno completamente diferente al que seguramente le escuchó sonar por primera vez cuando aún era una novedad tecnológica, el gramófono da una lección de dignidad y de trabajo bien hecho. En cada giro, esa pizarra recuerda que los objetos tienen vida, que hablan. Solo hay que saber escucharlos.

Artículo publicado en el periódico Bilbao en su edición de mayo.

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