Astarloa

Me paro delante del paso de cebra. Calle Astarloa, esquina Rodríguez Arias. Cojo el móvil y saco una foto del cruce. Compruebo que ha salido bien, guardo el teléfono y sigo caminando. Es la vigésima imagen que tengo de ese lugar. Mientras me alejo vuelvo a coger el móvil y repaso las fotos que he hecho de ese mismo sitio. Encuadres similares pero con gente diferente, luz diferente y resultados diferentes. Cada imagen es fruto del azar. No voy a una hora determinada, en un día concreto para sacar la fotografía. Eso sí, siempre que pasó por ese cruce, miro la placa que anuncia la calle, me paro y desde ahí, est é donde esté, repito la misma operación que acabo de hacer apenas unos minutos antes.

Pero la rutina es un ser tan voraz que, después de veinte fotos al mismo sitio, casi he olvidado la imagen con la que nació este juego. La repetición se ha convertido en lo original, en lo genuino en si mismo.

La primera imagen que originó esta curiosa manera de pasar por un cruce no la hice yo. Se trata de una imagen que sacó Raquel y que me gustó. Tiene intención, es sugerente y deja de ser la calle Astarloa para convertirse en una calle cualquiera; en todas las calles. Con esa imagen aún en la retina pasé por el lugar de los hechos. Reconocí el sitio como escenario de la fotografía y sonreí imaginando a Raquel sacando su imagen. A partir de ahí, se desencadenó el juego de imágenes donde el azar es el único que establece la densa rutina.

El tiempo pasa y vamos perdiendo las referencias. O al menos se van distorsionando. Y llega uun momento en que creemos genuino lo que no es más que una burda copia de lo que un dia fue el ‘clic’ que nos hizo caminar. Esto pasa mucho ahora. Con ideas, personas, sentimientos, incluso besos.

Una vida, una relación, está llena de ellos. La mayoría son besos a granel. Calderilla que damos y nos dan por compromiso, por convención social o por mecánica pura. Una inmensa montaña de besos pequeñitos e insignificantes que tapa aquellos otros únicos, inmensos besos que agitaron la tierra que ahora pisamos indolentes.

Hay ideas que son la base del camino en muchas decisiones. Que motivaron una nueva mirada, un cambio de rumbo. Pero esas decisiones también llenaron de escombros y zarzas esas ideas. Cada vez más lejanas y brumosas, las ideas se vacían si se fuerzan, se adulan, se manosean y acaban vestidas con trajes grises de corbata.

Y personas que abarrotan la existencia sin saber muy bien qué papel juegan en mi vida. Quizás una vez fueron importantes pero el tiempo les ha cambiado las huellas dactilares que nos conectaban. Unas huellas llamadas sentimientos. El tiempo es perverso y caprichoso, y nosotros somos perezosos y miedosos. Es él quien retoca, redibuja y hasta desdibuja esos sentimientos que una vez nos conectaron con alguien. Una vez amé a alguien. Después le odié. Y parecía que aquel odio estaba ahí desde el principio, que no había sentido nada distinto antes por aquella persona. Pero pude recordar aquel ‘clic’ que lo desencadenó todo. Sigo sin amarle pero dejé de odiarle.

A veces es bueno preguntarse por qué hacemos las cosas y buscar esa referencia que lo desencadenó todo. Buscar el original sepultado entre las miles de copias que hemos ido tomando por verdaderas. Sacudirse el polvo de las retinas e intentar mirar más allá de la sombra que proyecta una persona para fijarse en la persona misma. Por eso, de vez en cuando, vuelvo a mirar esa foto nocturna y sugerente de la calle Astarloa, esquina Rodríguez Arias que un día sacó mi amiga Raquel.

Este artículo fue publicado en el periódico Bilbao en su edición de marzo de 2012.

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