Prosperidad

prosperidadUn hombre entra en el bar con cara de frío, saluda con confianza al camarero y en cuestión de segundos le sirve un café con leche en vaso pequeño con una porra, no tan pequeña, al lado, y como colofón le coloca un vaso de agua fría. Yo mojaba mi churrito escuálido en el café mientras no podía dejar de mirar cómo, no sin dificultad, el hombre, empeñado y hambriento, mojaba la porra en su café de a pocos, para no quedarse sin líquido en el primer intento. Vuelvo a mi vaso y pienso en lo que voy a pedir a la mañana siguiente.

Termino los churros, sí, eran flacos pero eran muchos, y reviso mi agenda de contactos buscando a aquellos que viven en Madrid y a los que, además, puedo pedirles ayuda. Tampoco son muchos pero no me quejo. Para no haber venido más que dos o tres veces como un turista, casi accidental, tengo un nutrido grupo de gente al que acudir. Es curioso que a la mayoría de ellos les vi por primera vez fuera de la capital. He ido recogiendo amistades madrileñas en Montreal, Bilbao o Toulouse. Eso quiere decir que resisten la prueba de algodón que es la mezcla de distancia y tiempo. Y eso siempre reconforta un poco más cuando vuelves al kilómetro cero por cuarta vez, cuando abres una nueva etapa, cuando coges un tren inesperado pero imperdible o cuando estrenas piso, otra vez.

Dice mi madre que vivir en un piso con terraza en Madrid es como vivir en una buhardilla en París. Ella no ha vivido en ninguno de los dos sitios, yo tampoco hasta ahora, pero creo que tiene razón. Es especial. La primera persona en ver la casa fue Marieta y su respuesta a mi pregunta de qué tal estaba el piso fue rotunda: “Tiene terraza, Jöel”. Poco más que añadir. Bueno, le pregunté si lo podríamos pagar y me dijo que sí. Asunto arreglado.

Las cuatro señoras que están desayunando en una mesa cerca de la puerta, llevan casi media hora, andan nerviosas porque les falta una ración de churros que no acaba de llegar. Una de ellas se levanta, lenta pero decidida, y se encara con uno de los camareros con la confianza que da la rutina: “¿Dónde andan esos churros?” El camarero se da cuenta de su olvido, se apresura a servirlos y grita: “¡Ya llegan!” La mujer, vestido rojo, pelo cardado y con la mitad del carmín que no se ha quedado en el borde de su taza de café aún en los labios, insiste con retranca: “A ver si llegan cuando nos hayamos ido”. “Entonces os los envuelvo para regalo, guapa”, remata el barman mientras me guiña un ojo haciéndome partícipe del inocente vodevil matutino.

Esta ciudad es una gran capital pero tiene alma de barrio, de pueblo que ha ido creciendo. No puede evitarlo. Debajo de sus adoquines no hay arena de playa; hay tierra, de la que huele a gloria cuando llueve, en la que se cultiva, en la que se recoge lo sembrado. Aunque los edificios sean aún más altos, los coches más numerosos o la gente más mestiza da igual: Madrid es un barrio.

A pesar de mis varias escalas, siempre seré, a pesar de cambiar la txapela por el borsalino por aquello de pasar desapercibido, un tipo de provincias que no deja de sorprenderse por lo ajeno, lo distinto o, simplemente, lo grande de aquellas ciudades que no son Bilbao. Pago, dejo a las señoras terminando los últimos churros de la mañana y subo a casa. Salgo a la terraza para poner orden en las macetas y las jardineras, aún desnudas de flores y frutos, mientras el cielo empieza a romper la luz del día. Y pienso en aquello que siempre dice Javier Irazoki: “Un día decidí no pisar los milagros”. Supongo que no quiero dejar de ser ese provinciano de maleta de cartón porque me hace ser consciente de dónde vengo y me hace valorar lo que cada sitio me puede dar. Y una terraza en Madrid no es poca cosa.

Artículo publicado en el periódico Bilbao en su edición de abril.

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2 thoughts on “Prosperidad

  1. He tardado un poco en terminar de leerte, que se me van amontonando tus historias, y solo quería mandarte un abrazo de papel, que aunque no coincidamos y estemos tiempo sin vernos, hablarnos…sabiendo el uno del otro, me suelo colar en tus historias y asegurarme que te va bien en este viaje que es la vida. Veo que sigues siendo el Joel soñador que conozco y espero que nunca pierdas esa capacidad de soñar, de ver la bondad y la belleza. Porque a pesar de la distancia me reconforta leerte y saber que no has perdido eso que te hace ser tú. Perdón por tanta chapa pero sólo quería mandarte un abrazo grandote de papel. Cuídate mucho y seguiré tus aventuras e historias a través de los hilos de colores que vas dejando.
    Muchos, muchos recuerdos de Leticia.

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