Sinfonía inacabada

Para Ana

Damián abre los ojos.  Se había quedado dormido. Estaba cansado y aburrido.  Como el suero y los antibióticos que le están suministrando por cuatro vías diferentes, el tiempo también pasa con cuentagotas en esa habitación. Ha llegado a contar los agujeritos de la placa de yeso del techo que tiene justo encima. 372 orificios dispuestos en fila creando la ilusión de una rejilla que, multiplicada por el resto de placas, parece difuminar el techo. Pero nadie se fija en el techo cuando entra a la UCI. Tan sólo él. Tres días aquí dentro parecen tres años, se susurra mentalmente. Se encuentra bien. Aunque Damián sabe que es una sensación mentirosa. Cualquiera se siente bien con la metralla de fármacos que tiene en el cuerpo. El milagro es que sienta algo, se dice.

Sabe que la situación es grave. No hay que ser muy listo para saber eso, es cierto, pero su mujer le dio la clave. Ayer recibió su visita. No le dijo nada. Se quedó sentada unos minutos sin poder articular palabra cogiéndole la mano por la parte que no tenía cables. Diez minutos en la misma habitación y no ha dicho nada. Ni una broma, ni un reproche. Nada. Pues sí que estoy jodido, pensó. Luego pensó en sus hijos.
El zumbido del respirador y el sonido repetitivo y cadencioso de los indicadores electrónicos amortiguan sus pensamientos. Que no son ni numerosos ni elevados. Nunca había pensado demasiado en la muerte. Tampoco había mucho sobre lo que pensar, se repetía. Total, va a llegar, piense en ella o no.
¿Por qué no se puede poner la radio? Eso no molesta ni contagia, piensa. Echa de menos escuchar música.  Así pensaría menos, se consuela. La lavadora de su cabeza daría menos vueltas. Decide tirar de fonoteca y poner sus propias canciones. Piensa en una y la tararea mentalmente. Le viene Leonard Cohen a la memoria y su ‘Bird on the wire’. Aunque quizás, admite, no es la mejor opción cuando la muerte está en la sala de espera. No es plan echarle una mano.
Entonces recuerda la primera pieza clásica que escuchó en su vida. Ese Nessun Dorma de Turandot que José Carreras lleva a una altura humana, real. Casi rasga la voz. Igual no es muy ortodoxo, pero le hace creerse ese canto de victoria. Y cuando repasa esa partirtura, llega a la parte final en la que el coro culmina el esfuerzo de Carreras con un in crescendo crucial. Un tanto fatigado, Damián sigue con ese final aún en la cabeza. Un final apoteósico, breve, contundente. Y piensa que de terminar aquí, en la UCI, ese final musical no sería malo. Pero reconoce que su vida no ha sido tan heroica como para merecer un final tan apabullante.
Cierra los ojos para concentrarse y buscar esas últimas notas idóneas para rubricar su final. Se topa con Thunder road de Bruce Springsteen. Una canción de carretera que siempre le ha gustado. Ese final con un piano y un saxo soberbios también le interesa, pero no le convence. Le hubiera gustado vivir en esa canción pero si se trata de morir, prefiere otra.
No le importaría irse silbando. Es cuando aparece Gene Kelly chapoteando en esa calle de cartón piedra cantando Singing in the rain. Todo en la escena es maravilloso, recuerda. Sobre todo ese final:  cuando, después de bailar por todas las esquinas, un policía sorprende a Kelly saltando sobre un charco enorme. En ese momento se tranquiliza, cierra el paraguas y se va por la acera tranquilamente, mientras diluvia, con un tarareo dulce y suave. Tampoco es mal final pero nunca he sabido bailar bien, se convence.
Adormecido, Damián recuerda que un profesor del instituto le contó que Gene Kelly hizo esa escena con fiebre. Sonríe.  Juanto, ese profesor de música, le enseñó muchas cosas. Fue en una de sus clases donde aprendió la palabra inconclusa. Se refería a la sinfonía inacabada de Schubert. Se la conoce así porque, al parecer, le falta un último movimiento. Aunque no se sabe si la dejó sin terminar o simplemente quería acabarla en ese punto.  Damián se acuerda de que Juanto les enseñaba precisamente el final de la inconclusa de Schubert. La partitura se va apagando poco a poco, sin estridencias durante el último minuto. Segundos antes del final, la música sube ligeramente como un último suspiro y parece que va a terminar en alto, pero no. Vuelve a bajar y la musica se desvanece, sigilosa, para siempre. Sin hacer ruido. Eso le gusta.
El médico le toca el hombro. Damián abre los ojos. La luz fluorescente le hace achinarlos un poco. Enfoca como puede y ve la silueta del médico delante de él. Lo siento pero se va a tener que quedar un poco más, le advierte. No me voy a ningún sitio, doctor. Aún tengo que terminar muchas cosas.

Artículo publicado en el periódico Bilbao en marzo de 2015.

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