Voces

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Foto: Borja Agudo. Lezama, 2006.

Empezaba la universidad y ya estaba haciendo prácticas como redactor en un periódico deportivo regional. El mundial de fútbol estaba cerca y mi jefe me mandó entrevistar al ídolo local. A la perla de Portugalete: Julen Guerrero. Con mi grabadora de casette, mi cuestionario escrito a mano y mis nervios temblandome por  todo el cuerpo fui a las instalaciones de Lezama donde entrena habitualmente el Athletic. Me identifiqué, pregunté por él y me llevaron a una salita de espera justo al lado de la sala de prensa donde comparecían, aún de manera espontánea y sin tantos medios como ahora, el entrenador y los jugadores del primer equipo. Me senté, saludé a un fotógrafo que preparaba uno de sus objetivos y me puse a repasar mentalmente las preguntas hasta que el ruido que salía de la sala de prensa me sacó de mis nervios y comencé a escuchar las voces mezcladas.

Dicen muchos novelistas que saben más de literatura y narrativa por su condición de lectores que por la de escritores. A mí me pasa algo parecido con el periodismo. Yo empecé a estudiar este oficio cuando mi madre encendía la radio de la cocina cada mañana sintonizando la Cadena Ser. Y aprendía palabras, me quedaba con el nombre de los locutores o repasaba mentalmente el guión de los programas que escuchaba.

Las voces que se deslizaban de la sala de prensa eran todas masculinas, bastante gritonas y se montaban unas sobre otras. Aún así, me lancé al juego de distinguirlas. Luis Fernández, ese entrenador-torero que devolvió la dignidad al Athletic, destacaba sobre el resto. Reía y discutía amistosamente con los periodistas nada más terminar la rueda de prensa. Del resto de voces distinguí una sobre las demás por lo familiar que me sonaba. Era uno de “los tres deportivos” de Radio Bilbao. Una terna compacta formada por Javier Hoyos, Iñigo Markinez y Juan Carlos Abascal. La voz de este último la cacé al vuelo: “Ostras, Abascal!”, me dije. Y al de poco salió con otros de sus compañeros. Le vi, y mis piernas no me respondieron. Me quedé en mi sofa negro con mi grabadora  de casette y mis preguntas escritas a mano sonriendo y pensando que ése era mi sitio. Con el tiempo, mi voz era una de esas gritonas que sobresalían de la sala de prensa y Juan Carlos Abascal se convirtió en compañero, amigo y maestro a su pesar de un juntaletras que nunca apagará la radio.

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