Días inversos

Vuelvo a los días inversos. Camino por una calle fría como ese niño que sube por unas escaleras mecánicas que bajan. No voy a negar que esa sensación de ir al revés tiene su aquel. Cuando la gente se apresura a cruzar con el semáforo en rojo porque llegan tarde yo les miro mientras espero pacientemente a que aparezca el muñeco verde que me permita pasar. No me siento mejor que ellos pero es interesante ver el tiempo, por ejemplo, desde una perspectiva diferente.

diasinvertidosAparte de eso, y aunque no lo parezca,sí que hay algo realmente bueno en esto de vivir en el lado vacío del reloj de arena. Algo que anula el insomnio, el escaso contacto con el sol y, en definitiva, el escaso contacto, en general, con lo que me rodea. Lo mejor es ser testigo de cómo el día arranca una y otra vez. En una rutina mágica, todo lo que es oscuro, callado y silencioso se despierta y te das cuenta de que todo vuelve a empezar. No es, sólo, una mirada poética sobre la realidad. Lo digo en serio. Por ejemplo, llega un momento en el que la noche desaparece aunque siga oscurro. Hay un instante en que el sonido cambia, como si la respiración fuera diferente. Y ser testigo de eso me hace ser un privilegiado en cierto sentido. Me gusta pensar que hay algo de ceremonia exclusiva en la que yo soy el único invitado. Pero terminada la fiesta, todo se vuelve más feo.

Es también tiempo de los días sin versos, con poca poesía. Días en los que el cambio se nota, en los que la decisión tomada se da la vuelta y te interroga con media sonrisa. Días en los que la locomotora va a buena velocidad pero oigo un ruidito que no me deja estar tranquilo y miro la maquinaria, reviso el motor de arriba a abajo pero todo parece estar en orden, aunque yo sé que el ruido sigue ahí. En este caso el ruido es una sensación.

Tenía ganas de probar la sociedad francesa, me apetecía entrar en su mundo, poner a prueba mis referencias y, después de rodar su idioma en Montreal, vivir de tú a tú con los franceses. Y entonces empiezas a buscarte la vida: piso, amistades, conocer la ciudad, entrevistas de trabajo, burocracia. En pocos meses, todo está en orden: tengo piso, trabajo, amistades retomadas y la burocracia bajo control. Pero parece que no es suficiente, que hay algo más que no he terminado de cumplir, como si aún quedara un papel por rellenar.

Podría enumerar a continuación las diferencias lingüísticas, el poco aprecio a mis opiniones o los desplantes explícitos por ser de fuera pero no lo voy a hacer porque, sencillamente, no ha sido nada de eso. No he tenido malas experiencias que, normalmente, oscurecen el prisma con el que miro una experiencia vital. Y eso convierte ese dichoso ruido en algo más difícil de identificar.

Vengo de vivir casi tres años en una de las ciudades con menos prejuicios del mundo. Donde, a pesar de la enorme diversidad que contiene, incluidos sus problemas, Montreal mantiene la mirada abierta y limpia. Y esa mirada no es la misma a este lado del charco. Puede que la sensación que tenga un recién llegado a España sea parecida a la mía aquí o tal vez puede que sea algo compartido entre los propios franceses pero eso sí que no puedo experimentarlo. Para mí, desde luego, es una sensación nueva que no me esperaba sentir en Francia.

Por eso la comparto y la sigo madurando. Porque quiero comprender y buscar la poesía incluso en los días inversos. Porque incluso esos días se acaban y empiezan otros, y porque, estoy convencido, la poesía siempre termina por aparecer y uno siempre vuelve a sintonizar con la vida y a conectar con la gente aunque siga subiendo por esas escaleras mecánicas que sólo bajan.

Este artículo se ha publicado en el periódico Bilbao en su número de febrero.

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