Dos mujeres (y II)

2mujeres2Lucía ha amanecido bastante antes que el día. Aún en pijama, ha hecho café y ha ido a su despacho. El olor que desprende la cafetera despierta toda la casa. Apenas ha podido dormir. Desde que murió Leonor pasa las noches en vela. Todo se ha hecho más grande y más vacío. Y sobre todo, mucho más silencioso. Leonor siempre se levantaba antes que ella y el murmullo de la radio del baño la acababa despertando. Ya no pone la televisión y ha dejado de hablar por teléfono en casa. Lucía no soporta que el eco de ese ruido le interrogue.

Enciende la luz del flexo de su escritorio. Abraza la taza de café para entrar en calor mientras el ordenador se enciende. Da un sorbo al café y busca una hoja con notas dispersas en la mesa. Ideas que anotó ayer antes de meterse en la cama. Intenta darles forma en el ordenador pero no funciona. Inmediatamente borra todo lo escrito.

La editorial le ha pedido un obituario de Leonor para recordar su figura en el primer aniversario de su muerte. Nadie mejor que su primera autora para escribir sobre Leonor, dicen. Seguro que a ella le hubiera gustado, aseguran. En la editorial no saben que Leonor odiaba los obituarios. No saben que nunca dejó a Lucía dedicarle ninguno de sus libros. No saben que Lucía no ha escrito una línea en todo este año. En la editorial no saben nada.

Al final del día debe estar terminado el artículo. No lo ha podido demorar más. Se le han acabado las excusas. Termina el café y en el papel siguen las mismas notas y en el ordenador continúa el mismo documento lleno de vacío. Cierra el portátil de un golpe y apaga la luz del flexo. Lucía necesita aire. El día ya está listo al otro lado de la ventana así que se viste con esmero, como le aconsejaba Leonor siempre que estuviera triste, coge el bolso, las gafas de sol y sale de casa.

Hace frío. Lucía se abriga y camina por la pequeña acera de su calle hasta el bulevar principal. Y de repente, el ruido, la gente, los colores. Lo había olvidado. Hoy es día de mercado. Se pone las gafas de sol y se adentra en el mercado. Mira los puestos y la gente que revolotea. Un par de metros más allá Lucía ve a una mujer con un puñado de hojas que se acerca a un hombre joven con una mochila llena de verduras. Ésta se pone a su lado y le ofrece una de las hojas por algo de dinero. El joven le dice que no con la cabeza y deja caer la hoja al suelo sin ni siquiera darse cuenta.

Lucía avanza por curiosidad hacia donde estaba la pareja y recoje la hoja del suelo. Es un poema. Sorprendida, comienza a leer. Con emoción y sencillez habla de la vida, de salir adelante, de ser feliz. El poema está escrito a mano y fotocopiado. Lucía se queda con el verso final: “La vida es un alambre de tiza sobre una pared sucia”.

Un empujón la devuelve al mercado. Localiza a la mujer. Acelera un poco el paso, esquiva a varias personas paradas en dos puestos y consigue alcanzarla. Finalmente le toca por detrás. Es una mujer de una edad parecida a la suya, con cara cansada y un bolso en bandolera. «¿De verdad lo has escrito tú?» le pregunta a la mujer. Ella asiente. «Está muy bien. ¿Por cuánto lo vendes?», insiste Lucía. La mujer le mira fijamente como buscando sus ojos tras las gafas de sol y le dice que la voluntad. «Lo que sea, necesito dinero». Lucía abre su bolso, saca la cartera y le da veinte euros. La mujer no sabe qué decir. Al fin consigue musitar un gracias que Lucía responde con una sonrisa.

Deambulando por el mercado, releyendo el poema de la mujer se acuerda de cuando ella también escribía por necesidad. Cuando no podía hacer otra cosa. Era como respirar. Escribía, escribía y escribía. La hoja en blanco era la única ventana abierta que podía abrir y gritar a pleno pulmón. Fue entonces cuando conoció a Leonor. Fue la primera persona que creyó en ella y que leyó aquello que escribía sin parar. Luego se convirtió en su editora y luego en su mentora y al final lo fue todo.

Lucía vuelve a leer el poema y llora. Llora de rabia porque tiene envidia de esa mujer que mendiga con sus poemas llenos de vida, dignidad y emoción mientras ella es incapaz de escribir una línea de emoción sobre una mujer que llenó su vida de dignidad. Sale del mercado preguntándose por qué se ha desconectado de esa forma. Al abrir la puerta del portal, Lucía se quita las gafas de sol y un diminuto charco de lágrimas se escurre del puente hacia su nariz. Entonces se da cuenta de que es la primera vez que ha llorado en todo este año. Lucía sube a casa, hace café, deja el poema en la mesa del despacho y enciende el ordenador.

Artículo publicado en el periódico Bilbao y que completa a este otro.

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