Dos mujeres

Juan ya se ha dormido. María apaga la luz azulada del flexo de la mesilla y sale del cuarto. No es fácil coger el sueño cuando hace frío. Antes de salir, coge la mochila del niño, deja la puerta entreabierta y avanza, a oscuras, por el pasillo. La bombilla desnuda de la cocina es la única luz encendida del piso. Despeja la mesa, quita el frutero y pone la mochila encima. De ella saca un cuaderno, cartulinas de colores y un estuche.

dosmujeresMaría se sienta y, aplicada, se pone a la tarea. Con dos trozos de cartulina, uno rosa y otro azul, recorta un puñado de pequeños corazones y los reserva en un lado de la mesa. De un bolsillo del grueso jersey de lana que lleva saca un papel arrugado y doblado en cuatro. En él hay notas, como versos sueltos escritos a mano. Abre el cuaderno, arranca una hoja y comienza a copiar, con esmero, los versos de una hoja a otra. Coge el pegamento de barra del estuche, coloca los corazones en uno de los márgenes del papel y los pega. Satisfecha con el trabajo, lo culmina poniendo su nombre al final y el título al principio: ‘La bondad’. Guarda el poema en el cajón del armario de la cocina en el que archiva las facturas, recoge el material escolar de Juan y deja la mochila sobre la mesa. María apaga la luz y se va a la cama a intentar dormir un poco.

Huele a café. Juan desayuna, ya vestido, sus dos galletas reglamentarias con leche mientras su madre termina de calzarse. Como en una coreografía ensayada, madre e hijo terminan en silencio de prepararse para salir de casa. De camino al colegio, Juan agarra a su madre de la mano. Con la otra, María sujeta el poema confeccionado de madrugada. Los dos, a paso ligero, casi marcial, llegan a la puerta del centro escolar. No llegan tarde pero acaba de sonar la sirena que marca la entrada. María se pone en cuclillas para mirar a Juan a los ojos. Le da dos besos sonoros y urgentes y un abrazo estorbado por la mochila enorme. El niño advierte el poema y le pregunta por él. «Es una cosa que he escrito para la abuela», responde rápido. María camina de nuevo a buen ritmo para notar menos el frío. Con el poema aún en la mano, entra en una imprenta y se pone a la cola. Mira las monedas que le quedan y cuando llega al dependiente, le pide que le haga diez fotocopias de la hoja. Sale y va directa, sin perder tiempo, al mercado que hay al lado de su casa.

Los puestos, de verduras, fruta, queso y pan, ya se han colocado en el bulevar y la gente comienza a revolotear de uno a otro buscando buenos productos y buenos precios. María se pone el bolso de bandolera, coge un poema con una mano y el resto con la otra y se adentra en el mercado. Mira los puestos y la gente que se acerca. Ve a un hombre joven con una mochila llena de verduras, se pone a su lado y le ofrece un poema por la voluntad. «Lo he escrito yo» dice ella con orgullo infantil. El joven le dice que no con la cabeza y deja caer la hoja al suelo sin ni siquiera darse cuenta. Intenta cogerla pero ya no merece la pena, está demasiado sucia.

Continúa su camino por entre el mercado cuando le tocan por detrás. Es una mujer, de una edad parecida a la suya, con gafas de sol grandes y bien vestida. «¿De verdad lo has escrito tú?» le pregunta a María. Ella asiente. «Está muy bien. ¿Por cuánto lo vendes?», insiste la mujer. María le mira a esas gafas grandes buscando sus ojos y le dice que la voluntad. «Lo que sea, necesito dinero». La mujer abre su bolso, saca la cartera y le da veinte euros. María no sabe qué decir. Al fin consigue musitar un gracias que la mujer responde con una sonrisa.

Nunca había pensado en escribir. Cuando no la renovaron en el supermercado tras el periodo de prueba se vino abajo. Una noche, en la cocina, no pudo más y, llorando, empezó a escribir lo que sentía. Todo era torpe y entrecortado pero le vino bien. La idea de pedir en la calle le parecía terrible pero no sabía qué hacer, necesitaba dinero. Por eso se le ocurrió ofrecer algo a cambio. Recuerda que, cuando tenía televisión, vio una película en la que un chico hacía lo mismo. Más confiada, sigue su camino. Mete el billete de veinte euros en el bolsillo interior del bolso, mira sus fotocopias y piensa que aún le queda mucha poesía que dar.

*Artículo publcado en el periódico Bilbao en el mes de diciembre.

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