Interiorismo político

Los políticos viven en un decorado. No puede haber otra explicación. El departamento de prensa y comunicación del partido ha dado paso al de escenografía e interiorismo. rostrosÉste construye a diario una realidad casi idéntica a la realidad de verdad. Esa en la que vivimos las demás. Hay veces, incluso, que las confundo y creo que, al fin, los políticos han comprendido que el secreto para conectar con la sociedad es bajar y mirarnos a la cara, pero de repente veo algo que me hace sospechar. Una calle mal definida, un rasgo artificial, trucos de atrezzo con los que se ve la trampa. Entonces me vuelvo a decepcionar y vuelvo a pensar que siguen sin enterarse de nada.

Pablo Casado, por ejemplo, va de redacción en redacción explicando lo que, dicen, no han sabido explicar durante cuatro años desde el gobierno. Se remanga, sonríe, contesta a las preguntas con cintura pero al escuchar sus respuestas me doy cuenta de que es inútil la labor de cualquier periodista. Da igual que se le hagan mil preguntas seguidas. La actitud será de sorpresa por unas preguntas sobre una realidad que para ellos no existe porque es otra. Aquella cincelada por un departamento de profesionales del atrezzo político. Y lo más interesante de todo es que se han creído esa realidad de cartón piedra. Casado afirma, preguntado por Javier Gallego, que los informativos de TVE son «asépticos», que el plasma de Rajoy fue una idea innovadora, que Bárcenas es una oveja descarriada y que Aznar es el mejor presidente de la Democracia.

No hay opción a discutir, a buscar diálogo. Es imposible porque eso significaría compartir la misma realidad. No tendrían más remedio que mirar a los ojos a los parados, a los trabajadores precarios, a las mujeres maltratadas o a los investigadores emigrados, a los de verdad no a los de atrezzo, decirles que España ya se ha recuperado y esperar una respuesta. Y no están dispuestos a eso, no está bien estropear un decorado minuciosamente realizado.

Después de todo parece que van a existir aquello de las dos Españas. Una, la bonita, plana y fija fabricada por esos departamentos de interiorismo político y otra, la imperfecta, la que duele, la que late, la que mancha. Esa que no queda bien en las fotografías de campaña.

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