Cuatro paredes

Todo el suelo estaba lleno de plásticos y periódicos. Había escaleras, botes de pintura, brochas sumergidas en aguarrás y rodillos apoyados en las paredes. Entre las tres habían alquilado ese piso. Estaba sucio y vacío pero era suyo. Después de un año en Montreal compartiendo espacio con otras personas habían decidido tener su propio apartamento. Se conocían bien y tenían confianza suficiente para dar un paso más. Su situación no había mejorado demasiado pero ellas eran optimistas. También eran conscientes de que no era tiempo de esperar un buen momento para hacer las cosas. Fue emocionante vivir ese nuevo comienzo tan de cerca, ser testigo de esa transformación, escuchar las preguntas diarias, las expectativas creadas, compartir su ilusión por pintar de blanco el futuro y escribirlo juntas. De piso a hogar en poco más de una semana.

CuatroparedesLuego pasó lo que tenía que pasar: la vida. Un invierno duro, la estabilidad que no llega y la improvisación que se convierte en herramienta habitual. Un año después aquel hogar se transformó de nuevo en un piso y las paredes blanqueadas se quedaron con algún agujero y varias escarpias desnudas. Lo peor de las mudanzas es gestionar esas emociones que no se pueden guardar en cajas ni apilar en un garaje hasta que se puedan volver a instalar. Aunque intente vivir consciente de que dentro de poco habrá una mudanza cerca, es imposible no echar raíces. Y eso son las emociones: raíces que nos anclan sentimentalmente a los lugares. No es demasiado difícil vender una mesa o guardar los libros en una caja, lo que no es sencillo es vacíar una habitación en la que te has sentido protegido.

Mientras todo eso pasaba en el piso de mis amigas, yo me mudaba seis veces de piso. Un año de pequeños puntos seguidos donde no había tiempo para blanquear ni resetear, sólo para continuar y no perder el ritmo.

Aunque pueda parecer lo contrario, soy una persona muy apegada a los lugares y los objetos. Es como si los muebles y los libros que tengo en una habitación no sólo quitaran el eco al espacio sino que también mi vida en ese lugar dejara de tener eco, haciéndola más agradable y acogedora. Por eso no fue nada fácil vivir en ese nomadismo continuo. Enriquecedor sí, fácil no.

Entonces llegó el día en que llené de plásticos y periódicos un piso sucio y vacío para pintar de blanco las paredes. De nuevo, otro comienzo. Otra vez, a convertir cuatro paredes en un hogar como si fuera el definitivo. No hay otra manera de quitar el eco a un piso: estar convencido de querer vivir ahí. Del resto se encarga la vida. Otro año después, ese piso se volvio a vaciar. Más cajas, más maletas y otro punto y seguido.

vivreMeses después de salir de esa casa, no tenía ni idea de cuáles iban a ser mis próximas cuatro paredes. Y así tenía que ser. Durante este verano me ha gustado la idea de imaginar qué movimientos se han ido dando para que alguien vacíe una casa y termine un proyecto para que yo pueda empezar otro. Esta vez, como la anterior, acompañado, que es mucho más divertido.

Y entre estas paredes recién estrenadas, transformando el piso en hogar, me doy cuenta de que no sólo acumulo cajas, recuerdos y emociones. También hay mucha gente nueva alrededor que ayuda y anima, que hace que el despegue y el aterrizaje sean lo más suaves posible, que orienta y guía en esa ceguera inicial del recién llegado. Todos ellos, junto con los que nunca se han ido, hacen que las mudanzas, los traslados -los cambios, en general- siempre sean para bien. Del resto se ocupa la vida.

También es verdad que de mudanza en mudanza no sólo se pierden objetos por el camino. Algunas personas se quedan escondidas en el fondo de un cajón de la cómoda junto a esa pila gastada y una moneda. Es preferible, eso sí, no olvidar la pintura. Nunca sabes cuándo aparecerán otras cuatro paredes que blanquear. Y de nuevo, otro comienzo.

Artículo publicado en el periódico Bilbao.

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